Sobre la crisis prolongada de la clase proletaria y la posibilidad de remontarla

 

(«El proletario»; N° 9; Enero -  febrero - marzo de 2016)

 

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La lucha entre clases nunca muere.

Se dirá: ¡pero el proletariado, de 1.945 en adelante, no ha dejado nunca de batirse para mejorar sus condiciones de vida y de trabajo! ¡Luego no está completamente sometido!

Es cierto. De forma más o menos amplia, de manera más o menos episódica, el proletariado ha realizado huelgas, se ha batido con los patrones, contra la policía y el ejército, se ha manifestado, ha protestado, ha ejercido presiones incluso muy fuertes contra la patronal y sus gobiernos porque sus condiciones de vida y de trabajo mejorasen. Pero ¿qué organizaciones sindicales y políticas han dirigido estas luchas?

El colaboracionismo sindical y político, para ejercer su fuerte influencia sobre el proletariado, y por lo tanto para poder desarrollar su función de control social y de baluarte contra las reacciones subversivas de la lucha obrera nada más nacer estas, debe actuar como si representase efectivamente los intereses de los proletarios. Por lo tanto, en los diversos periodos económicos y sociales, de la postguerra a hoy, el colaboracionismo ha utilizado diversas tácticas.

Dado que el objetivo principal del colaboracionismo ha sido y es siempre el de hacer cargar al proletariado con la defensa de los intereses económicos y sociales de la burguesía –objetivo que se alcanzó durante la guerra imperialista con la participación del proletariado en ambos frentes burgueses- los bonzos sindicales y la nomenklatura política de los partidos nacional-comunistas, según las fases de los diversos ciclos capitalista, deben de vez en cuando modificar sus posiciones, sus consignas, sus objetivos y sus métodos. En la medida en la cual la clase dominante burguesa está dispuesta a hacer concesiones al proletariado –en función de un mayor consenso social, de una mayor participación en la defensa de la democracia y del orden constituido, de una mayor flexibilidad laboral- y tiene a su disposición una cuota de sus propios beneficios para jugar en el tablero de las transacciones, el colaboracionismo tiene más posibilidades de hacerse recibir por el proletariado como su representante y tiene por lo tanto más posibilidades de hacer pasar en las filas proletarias los sacrificios necesarios. DO UT DES, damos a los capitalistas aquello que quieren de nosotros a cambio de algunas ventajas económicas, legales, sociales. Es como decir: los sueldos están, los trabajadores quieren una parte, pero debemos compensar esta exigencia con «concesiones» a los capitalistas.

De este impostación, los proletarios conocerán todas sus implicaciones en la fase en la cual el capitalismo entra en crisis: los sueldos no están, no podemos pretender una parte de ellos; debemos hacer más sacrificios hoy para que los capitalistas acumulen la cantidad suficiente de beneficios para que, al menos una pequeña parte, mañana sea posible repartírsela al proletariado.

Todo se hace depender de la disponibilidad que los capitalistas tengan para conceder al proletariado las mejoras económicas. La misma cosa tiene lugar a nivel estatal, en el campo de las «garantías sociales» como los varios automatismos que garantizan que el salario no se cobre en negro, las indemnizaciones, la sanidad, la nocividad, la seguridad en el trabajo, el puesto de trabajo, la liquidación. Poco a poco, pero de manera inexorable, la clase de los capitalistas –empujada por la competencia que se hace cada vez más aguda y más dura en todos los rincones del planeta- busca revertir todas las concesiones que en las décadas precedentes se han concedido a la clase proletaria. Cuanto más se agudiza la competencia, más se saturan los mercados, más baja la tasa media de beneficio capitalista y el capital en su loca carrera de reproducción y valorización entra en crisis.

Para combatir esta caída de la tasa media de beneficio y para defender más eficazmente sobre el mercado sus propias cuotas de capital, cada capitalista se ve empujado a actuar sobre dos frentes: sobre el frente de la productividad, gracias al aumento de la cual es posible ir al mercado con precios competitivos sin aminorar el margen de beneficio, y sobre el frente del coste del trabajo –es decir, el capital variable, el capital-salarios- gracias a cuyo descenso el capitalista tiende a asegurarse en parte un cierto margen de beneficio más allá de cómo pueda realizarlo con la venta de todas (o una parte de ellas) sus mercancías en el mercado.

¿Cómo interpreta el colaboracionismo esta exigencia de la burguesía?

La interpreta con la política de los sacrificios que los proletarios deben realizar, so pena de la pérdida del puesto de trabajo (y por lo tanto del salario) a causa  de las reestructuraciones empresariales o de las quiebras. La interpreta con la política de cada vez mayor flexibilidad de la mano de obra, so pena de la marginación respecto del mundo del trabajo y la desesperación del paro.

En periodos de crisis económica, no sólo los sacrificios, para el colaboracionismo, son «inevitables», sino que constituyen la prioridad absoluta. El proletariado, de «proveedor de mano de obra», en «vendedor de fuerza de trabajo» estable, se convierte en un abastecedor de sacrificios, de trabajo gratuito, un precario que no posee nada en busca de patrón. Las luchas obreras guiadas por las fuerzas del colaboracionismo sindical cobran un cariz diferente: de luchas que tienen por objetivo aumentos de salarios y disminuciones del horario de trabajo, aún siempre embridadas en el contexto de la participación de los sindicatos en las decisiones empresariales en términos de inversiones, innovaciones tecnológicas, etc. se pasa a luchas que tienen como objetivos la defensa de la competitividad de las empresas, el aumento de la productividad, la relación cada vez más estrecha entre salario y enfermedad, asistencia a la fábrica, productividad. Sobre el plano político más general, el colaboracionismo abraza cada vez de manera más declarada la causa de la buena marcha de la economía nacional, de la competitividad del capitalismo nacional, de los intereses del imperialismo nacional en el mundo. Los partidos nacional-comunistas se vuelven cada vez más partidos de gobierno, aún si sólo ejercen de oposición parlamentaria. Al mismo tiempo, con el aumento de la competencia entre burgueses sobre el mercado nacional e internacional, aumentan las intervenciones patronales y estatales para alimentar y ampliar cada vez más la competencia entre proletarios.

La fase cambia. La burguesía, ante la mayor crisis capitalista de la postguerra –estamos en 1.975- corre a reparar los desperfectos. Empalma una serie interminable de medidas anti proletarias del todo inesperadas por los proletarios (por otro lado el colaboracionismo no tenía la tarea de preparar a los proletarios para la lucha, más dura en la medida en la cual el ataque de la burguesía era más duro), y pasa al colaboracionismo político y sindical la tarea de hacer digerir, en no mucho tiempo, la situación al proletariado. Y esto es exactamente lo que el colaboracionismo hará. El proletariado, por su parte, perdida la tradición de la lucha clasista y conducido por las fuerzas del oportunismo primero y del colaboracionismo después a abrazar la causa burguesa tanto sobre el terreno político como sobre el terreno económico y sindical, no logra ofrecer una resistencia digna de este nombre a los ataques patronales. Sus luchas, sus ma-nifestaciones en la calle, sus piquetes de huelga, su esfuerzo por reaccionar no logran la reanudación de la lucha clasista y sus tentativas de organización al margen de los aparatos sindicales tricolores1  son sistemáticamente desviadas y rotas por las fuerzas del nuevo oportunismo de izquierda, hijo del movimiento del ´68, ya se trate de grupos como Lotta Continua, Avanguardia Operaia, Servire il Popolo, Potere Operaio o por las Brigadas Rojas2. Los grupos proletarios más combativos, en su tentativa de desvincularse de la tenaza del colaboracionismo de los partidos nacional-comunistas y de los sindicatos tricolores, acabaron antes o después en las redes de los extra parlamentarios de izquierda que cumplieron objetivamente la función de destruir la combatividad clasista para reconducirla sobre el terreno de la democracia y del parlamentarismo. Y cuando, de las mismas luchas obreras y de su sistemática represión, en la cual participaban indirectamente los sindicatos tricolores y los partidos ex estalinistas, grupos proletarios adquirían la conciencia de que la lucha de clase no puede no prever incluso el uso de la violencia por la necesidad de defender los organismos clasistas y sus militantes, se encontraron con las Brigadas Rojas y los grupos lucharmadistas similares que cumplieron la función de desviar la tensión clasista, que estaba emergiendo, en el círculo vicioso del terrorismo individualista. Del otoño caliente3 de 1.969 a la huelga salvaje de 35 días de la FIAT en 1.9804, los proletarios intentaron ganar el terreno de la lucha de clase, pero finalmente sufrieron una derrota.

Desde entonces, la burguesía aceleró e intensificó sus ataques. Y se abrió más fácilmente la vía a poner en discusión todas, una después de otra, las concesiones precedentes. Así, después de la escala móvil, fue el puesto de trabajo el que sufrió la más vasta erosión. Pero para obtener el resultado más eficaz sobre este plano, la burguesía debía volver lo más aguda posible la competencia entre los proletarios. El instrumento económico era el más fácil de usar: la burguesía siempre lo ha usado. El instrumento social era un poco más complicado. Y aquí se muestra de la manera más evidente el connubio entre Estado y colaboracionismo.  El Estado, en calidad de Comité de defensa de los intereses burgueses, debía proceder a legislar en esta dirección (reforma sanitaria, de las pensiones, cambio del Estatuto de los Trabajadores, defensa de los patrones que despiden, etc.). Las fuerzas del colaboracionismo debían difundir entre los proletarios la más aguda competencia como si fuese una necesidad temporal, uno de los sacrificios para poder asegurarse siquiera un salario miserable.

De hecho, otra prioridad en las funciones sociales del colaboracionismo se refiere precisamente a este punto, a la competencia entre proletarios.

No sólo miles de cualificaciones diversas, decenas y decenas de conceptos salariales incomprensibles, miles de recovecos a través de los cuales los proletarios no entienden cuánto salario les es sustraído y por qué motivo; no sólo diferencias sustanciales entre categorías, no sólo grandes distancias salariales entre norte y sur, no sólo diferencias sustanciales entre trabajadores autóctonos e inmigrantes: la competencia entre proletarios toca cada vez más a toda la clase, a nivel de edad, sexo, resistencia a los ritmos del trabajo, de capacidad de adaptación a los cambios continuos, de disponibilidad para la movilidad y la flexibilidad. El objetivo de los capitalistas es aquel de tener siempre las manos libres en lo que respecta a la fuerza de trabajo, empleando cantidades superiores cuando las ocasiones del mercado lo requieren y cantidades inferiores cuando el mercado se cierra (como lo demuestra el avance del trabajo en interinidad) Y el tema que siempre se presenta con la mayor fuerza es el de la precariedad. En la caída de las diferentes «garantías» que para los proletarios comenzó hace 35-40 años, también el puesto de trabajo «fijo» debía sufrir la misma suerte. Después de los golpes recibidos por el salario y por los horarios de trabajo, debía desaparecer para la gran mayoría de los proletarios la «garantía» del puesto de trabajo. Y desapareció.

Cierto, esto no significa que todos los proletarios, del primero al último, no puedan contar con alguna «garantía», con algún amortiguador social. Por ejemplo, entre aquellos que pueden todavía contar con un cierto número de «garantías» están los trabajadores de más edad, cercanos a la jubilación, para los cuales la burguesía adopta el método de dejarles ir de las fábricas y de las empresas sin mucho jaleo y esto porque se van sin realizar huelgas y luchas en las cuales involucrar a los más jóvenes que de hecho no tienen ninguna memoria de luchas, de cómo comportarse en las luchas y de qué cosa esperar de ellas. Los obreros más viejos tienen el recuerdo de las luchas del decenio que va desde 1.969 a 1.980, y podrían sentirse movidos a transmitir la experiencia, en lo que respecta al punto de vista clasista, a sus compañeros de trabajo más jóvenes. Una vez echados de la fábrica los viejos, quedan sólo los jóvenes, más inexpertos y en cualquier caso ya con condiciones peores. Para el colaboracionismo esto es una ventaja porque se trata de una clase obrera mucho más maleable.

Y esto también forma parte del empeoramiento generalizado de las condiciones no sólo de vida y económicas, sino también de lucha, del proletariado.

Pero la crisis capitalista, que en el periodo imperialista es crisis siempre de sobreproducción –es decir los mercados se saturan a causa de la enorme cantidad de mercancías que se lanzan a ellos- por aguda que sea, no anula otro fenómeno que caracteriza las relaciones de fuerza entre burguesía y proletariado: el fenómeno de la aristocracia obrera. Fenómeno ya conocido en los tiempos de Marx y Engels, la aristocracia obrera está constituida por aquellos estratos obreros que son deliberadamente privilegiados por la burguesía respecto al resto de estratos proletarios: y estos privilegios constituyen la base material del oportunismo y del colaboracionismo. Es uno de los modos de realizar la competencia entre proletarios y la división de la clase obrera en general.

Con el desarrollo del capitalismo y de los recursos puestos a su disposición, estos estratos de aristocracia obrera tienden a ampliarse porque, recurrentemente, existen estratos de la pequeña burguesía a los que la competencia del mercado coloca en crisis, proletarizándolos. La aristocracia obrera es aquella parte del proletariado que es más sensible al reclamo del interclasismo, que comparte el sentido de «pertenecer» a la sociedad burguesa de la cual recibe sus privilegios, que está dispuesta a defender la democracia, la economía capitalista, la competitividad de las empresas en las cuales trabaja, la patria que le asegura más que las otras la defensa de sus privilegios. Es la parte normalmente más instruida de la clase obrera, pero no por ello la parte más avanzada, sino todo lo contrario. Constituye la parte más retrasada y reaccionaria de la clase obrera, la parte que viene representada efectivamente por el sindicalismo tricolor y que asume la tarea social de influenciar directamente a los estratos proletarios en un sentido colaboracionista. Si una de las funciones asumidas por el colaboracionismo es la de hacer de policías «obreros», vestidos de obreros y que viven y trabajan entre los obreros, esta función se desarrolla precisamente por los estratos de la aristocracia obrera que se hacen cargo de la defensa del orden constituido, de la jerarquía empresarial y, obviamente, sindical, de la legalidad y de la paz social. La aristocracia obrera, precisamente por sus posiciones sociales y por la dependencia que mantiene con los privilegios que recibe de la sociedad burguesa, absorbe con gran velocidad todos los prejuicios característicos de la pequeña burguesía, prejuicios que desembocan en el racismo, en las supersticiones, en la opresión femenina, en la violencia en la calle y en los estadios y, naturalmente, todos los prejuicios ligados al democratismo, al legalismo, al patriotismo, al nacionalismo.

La burguesía, por cuanto puede caer en las crisis económicas, tendrá siempre los recursos para forjar estos estratos de aristocracia obrera que le son preciosos para el control del proletariado desde el interior mismo de la clase proletaria.

 


 

(1). Por sindicatos tricolores se entiende, en Francia, Italia, y Alemania, pero es válido para todos los países del capitalismo avanzado, aquellas organizaciones sindicales que colocan la defensa de la economía nacional en lugar de la lucha de clases proletaria. Frente a la bandera roja de los sindicatos clasistas históricos, la bandera tricolor, nacional, de la burguesía. De hecho en Italia la gran central sindical, reconstruida tras la II Guerra Mundial ya como sindicato tricolor, pasó de llamarse Confederación General del Trabajo a Confederación General Italiana del Trabajo, tricolor por lo tanto hasta en el nombre.

(2). Lotta  Continua, Avanguardia Operaia, Servire il Popolo, Potere Operaio, Autonomia Operaia, por citar los más conocidos, son grupos de extrema izquierda italianos aparecidos al calor de las luchas del periodo 1.969-1.980 como opciones políticas a la izquierda del P. C. Italiano. De diferentes orientaciones que  van  desde  el espontaneísmo al estalinismo y al maoísmo, pueden equipararse a algunas organizaciones españolas como el Partido del Trabajo, la Organización Revolucionaria de los Trabajadores, etc. con la salvedad de las Brigadas Rojas. Esta organización dedicada a la lucha armada guarda notables diferencias con ETA o Terra Lliure por el carácter nacionalista de estas y con los GRAPO o el FRAP por sus orígenes e implantación. Otros grupos como los Comandos Autónomos Anticapitalistas tampoco le son asimilables, si bien las posiciones lucharmadistas tal y como son expuestas en este texto son comunes a todas. Ver, sobre el problema del lucharmadismo, El terrorismo y el difícil camino de la reanudación general de la lucha de clase en El Programa Comunista nº 30 (marzo de 1.979).  El texto se encuentra disponible escribiendo a la dirección de este periódico.

(3). Como Otoño Caliente se conoce en Italia al periodo que se desarrolla en este país desde el otoño de 1.969 y que está marcado por las fortísimas luchas sindicales llevadas a cabo en él. En este periodo, se presenta en Italia una situación de gran tensión social provocado tanto por los efectos de la crisis de 1.967-68 como por la acción de un patronato que intenta poner «orden» en los lugares de trabajo reclamando a los sindicatos oficiales su papel de controladores  de la masa operaria. El «Estatuto de los Trabajadores», ley de 1.970, que los sindicatos oficiales lograron obtener con la cooperación del gobierno y de la patronal, en su reglamentación de los derechos y de los deberes de los obreros en las fábrcias, se presenta como una conquista de aquel periodo de luchas obreras. En verdad, mientras de un lado regula la gestión de los «amortiguadores sociales» por parte del patronato, de los sindicatos y del gobierno, dando algunos beneficios a las condiciones obreras, delimita aún más el papel de perros guardianes de los sindicatos tricolores en vista de un periodo de crisis aún peor. Se avecinaba, de hecho, 1.973 (la crisis mundial del petróleo) y 1.975 (la crisis económica en todos los países capitalistas avanzados). Gracias a los efectos de esta crisis y a la obra complaciente de los sindicatos tricolores y de los partidos «obreros» burgueses, la burguesía italiana podrá comenzar a desmantelar el edificio de amortiguadores sociales y los «derechos» formalmente reconocidos a los obreros y a los proletarios en general (en la fábrica y en el terreno social) de manera que obliga a plegarse cada vez más a las masas proletarias a las exigencias del capitalismo, adecuándose a las diversas oscilaciones del mercado de las mercancías, de los capitales y del trabajo.

(4). Septiembre de 1.980: después de un largo periodo en el cual la FIAT atacaba las condiciones de trabajo y de vida de los obreros, con los subsidios de desempleo, multas por cada pequeña falta, suspensiones, intimidaciones y después de que un año antes despidiese a 61 obreros de sus establecimientos (los obreros politizados que molestaban más porque soliviantaban y organizaban a los obreros en sus secciones para la lucha), mientras anunciaba el despido de 14.500 trabajadores, estalló la primera de tantas huelgas espontáneas que confluyeron en una gran huelga de los diferentes establecimientos de FIAT en Turín –comenzando por el de Mirafiori- y su provincia, pero también en Cassino, Termin iImerese, Modena, Brescia, Milán, etc. Este movimiento de huelga asustó notablemente a la clase dirigente de FIAT, porque era una tradición en Italia que la lucha en la FIAT constituyese un ejemplo para la lucha de los obreros de todo el sector del metal y de otros sectores productivos. La patronal, el gobierno, los sindicatos y los partidos se agarraron fuertemente las manos los unos a los otros, cada uno jugando su propio papel, para limitar, aislar y sofocar la lucha en FIAT, lucha que reclamaba los acuerdos de la lucha de los obreros de los astilleros de Danzig (Polonia) que tuvo lugar en agosto del mismo año y que había dado una señal, en cierto sentido, a los proletarios de los otros países: se podía osar y obtener resultados contra regímenes para nada democráticos luego más aún en países en los cuales la legalidad democrática existía desde hacía tiempo.

Naturalmente los sindicatos tricolores hicieron de todo para desnaturalizar el movimiento espontáneo de los obreros de FIAT, encerrándolo en las fábricas y usando continuamente el arma de la exclusividad en las negociaciones y en los tratos con la patronal y el gobierno, el arma de la «cobertura legal» de la huelga, colocando así a los obreros que no seguían las indicaciones de los sindicatos oficiales en situación más desfavorable respecto a la «justicia burguesa». El mismo PCI, entonces dirigido por Berlinguer, trató de utilizar la ola de rabia proletaria llevando a la fábrica su propia «solidaridad» pero concertando con los sindicatos oficiales, con el gobierno y con la FIAT para que se encontrase una vía más piadosa para salvar la productividad de la fábrica: los 14.500 despidos se transformaron en Cassa Integrazione, que es una institución laboral italiana que garantiza un subsidio a los obreros acogidos a ella, (pero para 24.000 obreros), en los acuerdos la FIAT obtuvo la posibilidad de aplicar medidas mucho más duras hacia los obreros «absentistas» o que no se sometían a un régimen de fábrica mucho más duro, pero los 61 despedidos del año precedente no fueron readmitidos.

Contra el movimiento de huelga, la FIAT y los sindicatos patronales, sin que CGIL, CISL y UIL saliesen en defena del movimiento de huelga de los obreros, organizaron en Turín, el 14 de octubre, una manifestación de los llamados «cuellos blancos» (empleados, cuadros de la empresa, dirigentes) que los medios de la época llamaron la «Marcha de los 40.000» (en realidad 12.000 cuellos blancos de la FIAT se colocaron tras los comerciantes y pequeño burgueses de todo tipo, pero no llegaron a 40.000); esta manifestación pedía volver «a trabajar» y llevar «orden» a las fábricas y a la ciudad. CGIL, CISL y UIL, frente a esta manifestación, declararon la «derrota» del movimiento obrero y procuraron cerrar «el litigio» obteniendo «algo» para los obreros. Pero los obreros, no obstante los golpes sufridos, el aislamiento y los continuos engaños por parte de los sindicatos oficiales en las negociaciones con la FIAT y el gobierno, resistieron. En las asambleas de fábrica del 16 de octubre, si bien los  obreros votaron en contra del acuerdo presentado por los sindicatos y a favor de la continuación de la lucha, los bonzos sindicales salieron declarando que los obreros habían votado sí al acuerdo «en su gran mayoría»

El movimiento de huelga de la FIAT, traicionado por todos sus representantes oficiales –en primer lugar por CGIL, CISL, UIL y el PCI- termina con el desconsuelo generalizado. Gracias a los sindicatos colaboracionistas y el partido que se refería aún comunista, la FIAT vence fácilmente una batalla que podría haber hecho renacer en la clase obrera vigor y combatividad dedicados exclusivamente a la defensa de sus intereses de clase. Esto no sucedió y, a la obra devastadora del oportunismo estalinista y empresarial, se unió la obra de muchos grupos a la izquierda del PCI y de la CGIL (como Lotta Continua, Avanguardia Operaia, Autonomia Operaia, etc.) prisioneros del democratismo más impotente cuando no fascinados por la actividad de los grupos lucha armadistas y por lo tanto incapaces tanto sobre el plano organizativo de las franjas obreras más combativas como sobre el plano político precisamente por su congénita fe en la democracia.

 

 

Partido comunista internacional

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