Siguiendo el hilo del tiempo

Socialismo y nación

 

(«El proletario»; N° 9; Enero -  febrero - marzo de 2016)

 

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AYER

 

El planteamiento del problema nacional en la doctrina marxista está muy claro desde las formulaciones del «Manifiesto Comunista». Este texto admirable tiene la doble ventaja de haber sido escrito en vísperas de la realización de la perspectiva revolucionaria de 1848 (que se presentaba como la liquidación final de las reivindicaciones burguesas contra los vestigios del feudalismo, liberando inmediatamente la vía para la lucha proletaria directa contra la clase capitalista) y de dar en capítulos distintos el encuadramiento teórico y programático radical de la cuestión, así como la aplicación estratégica a la situación de la época y de las fuerzas en presencia.

La doctrina de la lucha obrera contiene una revisión radical de la idea nacional tan cara a la ideología extremista burguesa. Ella afirma sin ninguna vacilación ni reserva: «Los obreros no tienen patria. No se les puede arrebatar lo que no poseen». La patria, se dirá quizás, es una idea vaga; ¡pero el Estado nacional, delimitado por fronteras precisas, es un hecho histórico!. Ya se ha respondido a esta objeción: «Por su forma, no por su contenido, la lucha del proletariado contra la burguesía es al principio una lucha nacional, el proletariado de cada país debe evidentemente acabar primero con su propia burguesía»1.

Desde entonces, el nexo entre socialismo obrero e internacionalismo está establecido de manera irrevocable.

Pero la derrota de la gran oleada revolucionaria de 1848, no es solamente la del proletariado europeo que trataba de protagonizarla; es también, parcialmente, el fracaso de la liquidación de la restauración de formas preliberales.

Mientras que, en Europa, el despotismo feudal conserva el formidable baluarte ruso, los regímenes políticos de los países germánicos no logran constituir un Estado nacional netamente burgués, en tanto que en Francia el golpe de Estado de Luis Bonaparte aparece como un nuevo giro «a derecha», incluso si en el nuevo régimen el capital está muy a su gusto.

Desde 1848 a 1870, una serie de guerras consolida la formación de las potencias capitalistas modernas y juega un papel esencial en la formación de la estructura social europea, en la cual se encuadran cada vez mejor la lucha obrera de la clase y el movimiento socialista. Cuando repetimos que 1871 constituye en Europa el viraje entre este periodo y el del imperialismo declarado y generalizado, es cierto que no inventamos nada.

La guerra franco-alemana de 1870 aparece como una agresión francesa, una tentativa del Segundo Imperio napoleónico, con su alardeado militarismo, de establecer su hegemonía en Europa. La Prusia de Bismarck, a pesar de sus instituciones feudales y su militarismo no menos declarado, aparece como injustamente amenazada: sobre todo, la que parece amenazada es la formación de una nación alemana libre y moderna. Por su parte, ésta se debate bajo el peso feudal de los regímenes tradicionales de Berlín y de Viena ; por otra parte correría el riesgo de encontrarse aprisionada entre dos imperios reaccionarios, el imperio ruso y el francés. A pesar de los potentes análisis de Marx, este viraje histórico no fue comprendido a fondo por los socialistas hasta que la crítica leninista iluminó con haces deslumbrantes la situación de 1914-18 y la traición de grupos enteros de jefes del proletariado. Es innegable que con la guerra de 1939-45 una gran parte de la clase obrera mundial ha vuelto a caer en las tinieblas.

Publicado en las vísperas de la guerra franco-prusiana, el primer Manifiesto del Consejo General de la Internacional, no sin repetir los principios de la solidaridad obrera internacional, habla de una guerra de defensa en la cual los obreros alemanes participan por la fuerza de las cosas. No se puede olvidar, sin embargo, que la oposición en el seno del cuerpo legislativo francés - una oposición que, sin embargo, no era socialista más que en parte, y solamente de nombre- rechazó el voto de los créditos de guerra al ministerio de Napoleón III. De ambos lados, los socialistas parecen considerar como una salida favorable la derrota del agresor Bonaparte.

Después del primer Manifiesto del 23 de julio de 1870, escrito en momentos en que los ejércitos franceses maniobraban en forma amenazante, viene el del 9 de septiembre, que sigue a las derrotas que las divisiones de Moltke han infligido, ante el estupor general, a los ejércitos franceses. Este segundo Manifiesto es una protesta de los socialistas alemanes e internacionales contra la anexión de la Alsacia-Lorena y el pangermanismo naciente. Como señala Engels, en él se prevé lo que el mismo compañero de Marx no vivió lo suficiente para ver, a saber, que el pillaje militarista en territorio francés no dio nacimiento a la libertad alemana, sino a una gran guerra «no localizada», una nueva «guerra defensiva» y «de razas, contra las razas latina y eslava coaligadas».

A partir de ese momento histórico, la lección más grande de la historia para la teoría de la revolución viene de Francia. Ante el aplauso de los obreros franceses, el Segundo Imperio se derrumba con los reveses militares. Pero aquellos se encuentran confrontados muy pronto a problemas terribles. Los burgueses proclaman la república en la que participan los partidos y los jefes más equívocos del mundo político: opositores más o menos auténticos al dictador, sin contar los de última hora, monárquicos orleanistas, republicanos burgueses, verdugos de la represión antiobrera de junio de 1848. Desde este segundo Manifiesto histórico, Marx advirtió: «la clase obrera francesa se encuentra en circunstancias extre-madamente difíciles».

Cosa notable, el mismo Marx no invoca en ese momento el desencadenamiento de la guerra civil «mientras el enemigo golpea casi a las puertas de París», pero dice a los obreros franceses que «no deben dejarse arrastrar por los recuerdos nacionales de 1792». El Manifiesto concluye volviéndose enseguida hacia los obreros de todos los países:

«Si los obreros olvidan su deber, si permanecen pasivos, la terrible guerra actual no será más que la precursora de conflictos internacionales aún más mortales y conducirá en cada país a nuevas derrotas de los obreros batidos por los señores de la espada, de la tierra y del capital»2.

En el momento de la caída del fascismo, provocada por la derrota militar, la clase obrera italiana se ha encontrado también en una situación difícil. Pero las ense-ñanzas que entonces la historia misma dio inmediatamente después al marxismo, y que Lenin ya había planteado, contra la ola vergonzosa de la traición de 1914, desgraciadamente no le han bastado. Sus jefes, aprisionándola en una república aún más fétida que la del Señor Thiers, le han hecho olvidar totalmente su deber hacia ella misma y hacia la revolución.

Solamente dos días después de los sangrientos acontecimientos de mayo de 1871, Marx pudo escribir páginas a la gloria de la Comuna que se cuentan, como señala Engels, entre los más potentes escritos revolucionarios.

Cuando el 4 de septiembre de 1870, gracias a la fuerza de los obreros, resplandece de nuevo en París, como en febrero de 1848, el grito histórico de «Vive la République», Francia ya no es un país agresor y el invasor prusiano se lanza contra la capital. El proletariado aplaudió la derrota de Napoleón el pequeño, pero no puede aún ser indiferente al destino de la nación. No está bastante maduro como para descubrir su deber de clase en toda su plenitud. Durante medio siglo se conmemoró la Comuna y muchos no supieron apreciar el peso del factor patriótico, que había incitado al mismo Garibaldi a ofrecer su espada a París, en relación al factor clasista y revolucionario. Lenin nos brindó una poderosa ayuda a todos los que desde los primeros años habíamos sabido leer a Marx y, con Marx, la historia. Acerquémosnos a la primera y a la última de estas páginas inolvidables.

El primer sobresalto de los trabajadores de París contra la república burguesa se produce cuando descubren que los nuevos representantes de la clase dirigente intrigan con los prusianos. Se levantan contra ellos al grito infamante, que se ha vuelto histórico, de capitulards. Cuando se intenta arrebatar los cañones a la guardia nacional, que no es aún una guardia obrera, la insurrección estalla. Marx comprende plenamente el móvil: recuerda que los documentos que los Trochu, los Faure y los Thiers han abandonado en su huida a Versalles, proporcionaban las pruebas de su connivencia con el enemigo. La historia aún no había desenredado la madeja entremezclada de las exigencias nacionales y de las exigencias de clase, los partidos socialistas de la época seguían doctrinas inadecuadas, pero el proletariado comprendió que la burguesía francesa, que maniobraba para salvar sus privilegios, no vacilaba en tomar sus órdenes y su dinero de su amigo de clase Bismarck, ofreciéndole, entre otras cláusulas de armisticio, el compromiso de dispersar la canalla revolucionaria de París. Al fin de la lucha, en su esfuerzo titánico para enfrentar a los burgueses franceses y al ejército alemán, los federados caen; pero queda para la historia de la revolución obrera el primer ejemplo histórico de su dictadura roja, al mismo tiempo que su emancipación definitiva del prejuicio nacional, cuyo peso había sido plenamente reconocido hasta este viraje por la teoría marxista.

«La dominación de clase ya no se puede disfrazar bajo el uniforme nacional. Todos los gobiernos nacionales son uno solo contra el proletariado»3 es así como Marx cerró uno de los ensayos que mejor expresan la progresión paralela de la experiencia histórica y de la teoría de partido, aunque fuese en la derrota de la insurrección.

Cuando estalló la gran guerra de 1914 y los socialistas alemanes hicieron fullerías con su preparación marxista calificándola seriamente de «defensiva», como Marx lo había dicho irónicamente cuarenta años antes, Karl Liebknecht - Lenin lo recuerda en sus tesis de 1915 - les replicó que con la expresión guerra defensiva los marxistas de antes de 1870 indicaban en realidad las guerras de desarrollo de la forma capitalista, mientras que la de 1914 era guerra imperialista entre capitalismos en pleno desarrollo: por tanto, era una traición hablar de defensa, sea en Alemania, en Francia o en Rusia. Esta idea fundamental que aquí reivindicamos está expresada por Lenin en sus tesis. A diferencia de los pacifistas burgueses y de los anarquistas, dice Lenin, nosotros comprendemos la necesidad de valorar históricamente cada guerra en su carácter específico. Ha habido guerras que han sido útiles a la evolución de la humanidad: desde la revolución francesa hasta la Comuna de París (1789-1871), las guerras nacionales burguesas han sido «guerras progresistas». Luego viene el análisis del imperialismo moderno y de sus guerras: el periodo del «capitalismo progresista» termina en 1871. La burguesía imperialista moderna «engaña a los pueblos por medio de la ideología nacional y de la noción de defensa de la patria», mientras que sus guerras no son más que guerras «entre esclavistas que tienen por objeto la consolidación y el reforzamiento de la esclavitud»4.

Fieles discípulos, nosotros retomamos con Marx y Lenin el largo hilo del tiempo, del que estos maestros jamás han perdido de vista la dirección. ¡Abandonándolo y dejándose caer en el fango de la abjuración, los nacionalcomunistas aún hoy se ven en el periodo del «capitalismo progresista» y han definido la última  gran guerra como una nueva guerra de «liberación nacional», mientras que el fenómeno imperialista, cuyos datos habían sido puestos en evidencia por Lenin en 1915, había alcanzado en el cuarto de siglo que siguió una intensidad cegadora!

 

HOY

 

La teoría leninista del oportunismo (establecida aplicando rigurosamente el método marxista) muestra que este último, en el periodo relativamente pacífico de 1871-1914, al negar «el fondo del problema, es decir, que la época de las guerras nacionales entre las potencias europeas cedió su lugar a la época de las guerras imperialistas»5, combinó el error de doctrina con la traición en la acción política. El contenido de esta traición es la colaboración entre las clases, la renuncia a la dictadura del proletariado, el abandono de la acción revolucionaria, el reconocimiento incondicional de la legalidad burguesa, «la alianza de los lacayos de la burguesía con esta última, contra la clase explotada por ella»6

El mismo análisis se aplica a la traición actual de los stalinistas. A escala internacional, éstos calificaron de guerra de liberación la guerra de los imperialistas americanos, ingleses y franceses contra los imperialistas alemanes y, tras haber practicado el compromiso imperialista con los alemanes mismos en una primera fase, en la segunda se aliaron a los occidentales. Para eso, tuvieron que afirmar que los occidentales se habían transformado de imperialistas en «libertadores» desinteresados; tuvieron que romper el hilo del tiempo, destrozar las Guerras civiles de Marx y pisotear las tesis de Lenin. Era un crimen admitir que los angloamericanos habían dejado de ser imperialistas exactamente entre 1941 y 1945, mientras que ya Engels describía a los primeros como imperialistas en 1844 y a los segundos en 1891 (comentando precisamente el texto de Marx de 1871). Pero hoy (1950) no es preciso demostrarlo polémicamente cuando toda la prensa inspirada por Moscú se desata nuevamente contra el imperialismo agresor de Washington y Londres.

El Instituto Marx-Engels-Lenin de Moscú, tan rico en textos como en posibilidades para ocultar y falsificar los originales, osa invocar, como prueba del hecho que Lenin admitía la coexistencia entre el Estado proletario y los Estados capitalistas, una entrevista de febrero de 1920, que conocen muy bien los que han sabido permanecer fieles al marxismo, y que solo es inédita para el último de los crápulas7. En esta entrevista, Lenin tomaba el pelo magistralmente a los periodistas burgueses invocando efectivamente la coexistencia pacífica, pero «con los obreros y los campesinos [...] que se despiertan a una vida nueva, una vida sin explotación, sin grandes terratenientes, sin capitalistas, sin comerciantes»

Estos señores del Instituto coexisten con terratenientes, capitalistas y comerciantes, ¡y no encuentran nada mejor para sacar de sus archivos! Lenin responde magistralmente a la alusión a una posible alianza con la Alemania socialdemócrata: estamos por una alianza con todos los países, ¡sin exceptuar ninguno!, y los miembros del Instituto y otros fariseos picasso-pacifistas no comprenden que esta tesis condenaba como una traición cualquier eventualidad de alianza política y militar con uno de los rivales en los conflictos imperialistas, se trate de la Alemania burguesa, o de la Inglaterra y la América también burguesas.

La italiana es la más podrida de todas las versiones que se adhieren a la mentira nacional. Ella invierte totalmente la posición marxista del problema, resucitando el cadáver del capitalismo progresista que había sido sepultado por las obuses de los comuneros y la pluma de Carlos Marx.

La sustitución de la identidad cristalina fascismo =imperialismo por la igualdad fascismo =feudalismo marca la caída en el precipicio. Ella equivale a esta otra identidad no menos bestial: Mussolini =Luis Bonaparte, o incluso, Hitler =Nicolás Romanov.

Desgraciadamente, la resistencia que el proletariado de París supo oponer gloriosamente a la maniobra de salvación del poder burgués en el momento de la caída del dictador, no pudo ser ni siquiera esbozada por el Partido Comunista nacido en Liorna, traicionado por ese error fundamental. Mientras que de lo que se habría tratado en la II Guerra Mundial era de injertar la batalla de clase en la derrota militar del Estado (fuera éste despótico o democrático) aplicando el derrotismo de Lenin, se aplicó por el contrario un capitularismo a la Trochu, y los jefes, explotando la vacía consigna de resistencia, pusieron las masas al servicio de los ejércitos aliados de los que eran sus lacayos estipendiados.

Llegaron a reunir en la banda de los capituladores no solo a los campeones de una república de oropel, como lo fue la república burguesa francesa de septiembre de 1870, sino también a la monarquía fascista y belicista. Aplicaron un método tan lleno de celo antimarxista que justificaron su traición por el deber «nacional» y la «salvación del país», mientras que ochenta años antes los ingenuos blanquistas parisinos habían extraído de su sentimiento por la «defense de la patrie» la fuerza para batirse contra los dos ejércitos coaligados, el interno y el extranjero.

Se trata de un doble capitularismo: el de los jefes del proletariado que traicionan la causa revolucionaria y pasan a la colaboración de clase, y el de la burguesía que, en nombre de la condición previa de la «nación», obliga a los trabajadores a renunciar a su autonomía y a derramar su sangre un día contra los ingleses, al día siguiente contra los alemanes. Con respecto a la «Patria», a la burguesía le importa tanto que tras haberse alquilado primero a los alemanes se alquiló a los ingleses para preservar sus intereses de clase, pero evitando entregarles a los «responsables» de la guerra, que Lenin reconocía sarcás-ticamente en todos los terratenientes y capitalistas de todos los países8. Y que de la liberación nacional haya surgido una Italia que renunció a toda dignidad y que solo es capaz de bajarse los pantalones, a la burguesía le importa un bledo, aún más que a nosotros que le somos refractarios.

Hablad, vosotros que os burláis de la fidelidad al hilo del tiempo del marxismo; sois más elocuentes que nosotros y que la historia, y seríamos incapaces de glosar tanta ignominia:

«Desde el inicio de la guerra mundial habíamos declarado que apoyaríamos en el frente antifascista incluso a un movimiento monárquico que hubiese eliminado a Mussolini a tiempo y hubiese evitado la entrada de Italia en guerra, o bien, después de junio del 40, que hubiese hecho salir a Italia de la guerra [...]. En marzo de 1944, aplicamos esta política valientemente. Es cierto que había existido el 25 de julio y que Italia había sido derrotada, pero era preciso un bloque político nacional lo más amplio posible para que el País pudiese dar sus primeros pasos hacia adelante»9.

La polémica teórica podría plantear cien cuestiones, entre ellas: ¿si se cree en ese bloque nacional lo más amplio posible, por qué éste no comprende en primer lugar el Estado comprometido en la guerra? ¿Por qué, si se cree en él, repetimos, ese bloque no evita al «País» la salida más horrible, es decir, la derrota militar? ¿Es que existe aunque sea uno solo de esos pecados del infierno que Mussolini habría cometido contra esos «intereses superiores de la nación», con los que os llenáis la boca, en el que no hayan participado la monarquía y sus aliados de 1944, a semejanza de los bonapartistas, orleanistas y esbirros republicanos en la Francia de 1870?.Pero se puede jugar aún con la doctrina, sobre todo cuando se tiene un aparato de propaganda bien subvencionado y experimentado en una publicidad demagógica tipo Coca-Cola. En cambio, para los que reivindican la «coherencia», la cronología provoca un poco más de molestias. La maldita consigna de frente antifascista no data de 1939, sino de 1923. En 1939 y en junio de 1940 el stalinismo no se preocupaba por evitar la alianza de Mussolini con Hitler, porque él mismo era el aliado del Führer en el reparto de Polonia. El grito «rompan filas» lo lanzaba desde las radios renanas a los poilus franceses, veteranos desde 1792 en la defensa de la libertad. Recién en junio de 1941 se recomienza el burdel para importunar a Mussolini y hacerle el juego primero a los ingleses y luego a los americanos, y se identifica la libertad nacional con la victoria de éstos y su obsceno paseo off limits. Y en 1946 se vuelve a descubrir que los americanos son capitalistas y agresores.

 

A lo largo de todas estas fechas, colgamos un letrero dirigido a los socialtraidores: ¡No tocar! ¡Peligro de muerte!

 

Publicado por primera vez en castellano en El Programa Comunista nº 31 (Julio-Septiembre de 1.979)

 

 


 

1. «Manifiesto del Partido Comunista», cap. I.

2. «Segundo Manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los trabajadores sobre la guerra franco-prusiana», 9.IX.1970.

3. «Manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los trabajadores sobre la guerra civil en Francia», 30.V.1871.

4. «El socialismo y la guerra», julio-agosto de 1915, Obras, tomo 21. 

5. «El oportunismo y la bancarrota de la II Internacional», Enero de 1916, Obras, Tomo 22. 

6. «El oportunismo y la bancarrota de la II Internacional», Enero de 1916, Obras, Tomo 22.

7. Se trata de una entrevista publicada el 21 de febrero de 1920 en el «New York Evening Journal» (Obras, Tomo 30). Fue vuelta a publicar en Abril de 1950 en «Pravda» y, poco después, en el órgano del P.C. italiano, «L’Unità».

8. Una pregunta de la entrevista antes citada pedía la opinión de Lenin «respecto a la extradición de los responsables de la guerra, pedida por los Aliados». Y Lenin responde:

«Para hablar seriamente, los responsables de la guerra son los capitalistas de todos los países».

9. Extraído de la «Respuesta de Togliatti a Gaetano Salvinini» en «L’Unità» del 9.IV.1950 El 25 de julio de 1943 es la fecha de la destitución de Mussolini por el rey, a continuación de la toma de posición del Gran Consejo fascista contra la política militar del Duce. En realidad, Italia no salió de la guerra sino que fue invadida por los ejércitos alemanes en el Norte y por los aliados en Sicilia.

 

 

Partido comunista internacional

www.pcint.org

 

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