Después de la pandemia de coronavirus

¿nada será igual?

(«El proletario»; N° 20; Julio de 2020 )

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Reproducimos a continuación el editorial del número 164 de Il Comunista, órgano del Partido en italiano. Pese a estar centrado en el desarrollo de la pandemia y las medidas políticas, sociales y económicas que se tomaron en Italia, la semejanza entre la situación vivida en aquel país y la vivida en España, permiten entender la coincidencia de todos los gobiernos, sean del signo político y la nación que sean, en un único criterio con el que afrontar estas situaciones catastróficas: la defensa de las necesidades del modo de producción capitalista y de la clase burguesa dominante frente a las exigencias de la vida y la supervivencia del ser humano. Sirve, por lo tanto, para deshacer cualquier mito nacional acerca de la mala gestión gubernamental en España y, en el lado opuesto, para negar que cualquier gobierno burgués tenga opción, en esta y en futuras situaciones similares, de comportarse de otra manera.

 

 

La epidemia de Covid-19 estalló oficialmente entre diciembre de 2019 y enero de 2020 en China, pero ya llevaba más de un mes propagándose; luego se convirtió en una pandemia entre febrero y marzo, pasando por Italia, Alemania, toda Europa y los Estados Unidos.

Las clases burguesas dominantes, especialmente en los países donde la epidemia se ha extendido más, admiten que no están en absoluto preparadas para esta y que no conocen lo suficiente las características de este nuevo coronavirus, y mucho menos cómo ha pasado de los animales salvajes, ni de cuáles, al hombre. Respondieron de manera completamente confusa, desordenada y contradictoria, empezando, sin embargo, por ocultar su propagación inicial y ridiculizar o calumniar a los médicos y virólogos que dieron la alarma, empezando por China, como ya había sucedido en 2002 ante la primera epidemia de coronavirus (Sars-CoV). Pero, ante el repentino hacinamiento de las salas de urgencias de los hospitales con cientos y miles de pacientes infectados y la primera docena de muertes, los gobernantes sólo podían tomar nota de una epidemia que podría haber puesto en serias dificultades la gestión social de las ciudades y zonas en las que, a causa del Covid-19, se empezaban a contabilizar miles de enfermos graves (de cuidados intensivos) y muertes y temían fuertes repercusiones económicas en la economía de sus países. Esto ha sucedido realmente y ha llevado a los gobiernos, en primer lugar, a tratar de hacer frente a una situación cada vez peor, poniendo a todos los centros de salud, al personal médico y hospitalario y a los médicos de familia en grandes dificultades. Es bien sabido que, además de las dramáticas deficiencias de las estructuras sanitarias, se han añadido los aspectos típicos de la falta sistemática de prevención (falta de pabellones hospitalarios utilizados anteriormente para situaciones de epidemia grave y de camas en salas de cuidados intensivos y terapia preintensiva); escasez endémica de personal de enfermería y hospitalario, falta general de equipos de protección personal, empezando por los más sencillos como mascarillas, guantes, cubiertas de zapatos, monos, sin olvidar las pruebas de diagnóstico, pruebas de laboratorio indispensables con plena disponibilidad de los reactivos necesarios, ventiladores pulmonares, etc.), deficiencias que los sacrificios y esfuerzos sobrehumanos a los que se han visto obligados los médicos, enfermeros, anestesistas y cirujanos de los hospitales y de atención primaria nunca podrían haber compensado, curando y salvando cientos de miles de vidas.

Las estructuras y el personal del servicio de salud pública no sólo se han encontrado en dificultades excepcionales, sino que también han tenido que hacer frente a la cínica gestión política y económica de las autoridades, que no han cesado de sembrar el miedo, difundido a través de la prensa y la televisión, favoreciendo, por una parte, el efecto propagandístico de sus intervenciones y, por otra, el beneficio económico de las iniciativas puestas en marcha, teniendo como objetivo central no tanto la atención a los infectados como el control social más estricto. Es bien sabido que el pánico causado por una epidemia de la que no se sabe nada, y el hecho de encontrar en los hechos que se suceden día tras día sólo sus efectos patógenos y mortales, contribuye a doblegar a la mayoría de la población afectada a los dictados de las autoridades de las que se esperan explicaciones, intervenciones y medidas para hacerle frente, que reconocen su tipo y letalidad y que deberían adoptar medios y medidas para circunscribirla y erradicarla.

 

¿QUÉ HICIERON LAS AUTORIDADES EN SU LUGAR?

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En su desconcertante ignorancia y en su gigantesca arrogancia, listos como están para defender, en primer lugar, los intereses económicos y políticos de los que son la expresión directa, las autoridades han aprovechado la oportunidad que les ofrece la repentina epidemia de coronavirus para sembrar el miedo hacia este enemigo «invisible», cuya letalidad ha sido y es directamente proporcional a la absoluta falta de prevención y a la prioridad estrictamente económica que se da a cada decisión tomada. Hablaron de «guerra contra el coronavirus», no por casualidad, porque toda guerra implica restricciones, limitaciones de todo tipo, el temor de que el enemigo pueda atacar en cualquier momento, heridos y muertos. Y toda guerra implica acciones de terrorismo que, en este caso, no tenían por objeto el virus, sino la masa de los trabajadores, porque de ellos se podían esperar incluso reacciones violentas contra un poder económico que, independientemente de los riesgos de la epidemia, les obligaba a trabajar sin dispositivos de protección, y contra un poder político que se muestra una vez más al servicio del beneficio capitalista y no de la salud pública. 

Si bien la epidemia había empezado a avanzar rápidamente, el gobierno chino tardó mucho en ordenar el cierre total de Wuhan y de toda la provincia de Hubei; el resto del mundo -conectado por las estrechas relaciones comerciales y económicas con China y en particular con Wuhan y su provincia- permaneció abierto para recibirla. Mientras tanto, este virus, cuya característica específica (como descubrieron más tarde los virólogos de medio mundo) no es tanto su letalidad como su contagio y su capacidad de cambiar rápidamente adaptándose a las diferentes situaciones en las que viven las poblaciones afectadas, pudo viajar por avión, barco y tren a todos los países con los que Wuhan y China estuvieron y están en contacto, y luego rebotar de un país a otro. Pero la alarma que más impresionó a los gobiernos de los países asiáticos y, en particular, de Europa, no se debió tanto a la propagación de esta nueva epidemia como al bloqueo del suministro de productos y componentes fabricados en China e indispensables para las industrias del automóvil, la tecnología de la información y las diversas tecnologías. El estancamiento de la producción y la economía en China también condujo inmediatamente a una crisis industrial en los países europeos, crisis que se superpuso a una crisis económica ya existente desde 2019.

En las semanas comprendidas entre febrero y marzo, Italia presentó los primeros casos graves de Covid-19, en particular en Lombardía (la región más industrializada de Italia), seguida de Alemania, Francia, España, Gran Bretaña y los Estados Unidos, mientras que en Asia, Corea del Sur fue la más afectada después de China, seguida de la India, Singapur, Indonesia y Japón.

Que la burguesía es una clase de empresarios, de explotadores y cínicos aprovechadores de toda oportunidad que se presente para obtener ventajas y beneficios, es algo que se reconfirma cada vez ante acontecimientos catastróficos, no importa que estén determinados por causas «naturales» o directamente «humanas».

La estructura económica capitalista de la sociedad impone, objetivamente, que los capitalistas privilegien la ganancia económica, inmediata y futura, porque la consideran el bien supremo en cada momento de la vida, en comparación con cualquier otro aspecto de la vida social y del medio ambiente en el que se vive.

¿Pueden los capitalistas cambiar el proceso económico de producción y distribución, el mercantilismo más desenfrenado, para que el «bien supremo» se convierta en la vida humana, su armonía social para que su relación con la naturaleza se vuelva armoniosa, orgánica? No, no pueden. La sociedad capitalista es una sociedad deshumanizadora como ninguna otra en la historia; por esta razón el capitalismo debe ser destruido y reemplazado por un modo de producción que ponga en el centro las necesidades de la vida humana, transformando la sociedad de las mercancías en una sociedad de la especie, la única que puede recuperar una relación equilibrada y orgánica con la naturaleza.

Más de doscientos años de capitalismo demuestran que la ley de hierro del valor preside toda actividad humana, toda dirección política, toda estrategia económica, monetaria y financiera inventada para hacer frente a las contradicciones y crisis que siempre han acompañado su desarrollo en todo el mundo. Por muy reformista, ilustrado y moralizador que sea el poder burgués en un país determinado –algo que, por otra parte, tiene efectos extremadamente limitados y cada vez más raros y efímeros-, tendrá necesariamente que responder a las necesidades primarias de la economía capitalista, y su tarea específica será siempre la de defender la red de intereses que, de vez en cuando, predomina en la gestión económica y financiera de la sociedad, plegando la política, y por tanto el Estado, a las necesidades de esa red de intereses.

Toda persona que no se sienta aturdida por el mito del dinero, del carpe diem, del «vivir hoy como si fuera a morir mañana», se da cuenta, cada vez que ocurre un desastre, en un accidente, en el lugar de trabajo o en la calle, de que la causa decisiva de las lesiones y muertes debe buscarse, en la gran mayoría de los casos, en la falta de prevención, en la falta de medidas de seguridad previamente probadas y aplicadas. Si hay algo que la burguesía es sistemáticamente empujada a dejar de lado y olvidar, es la experiencia que ha tenido de desgracias ya ocurridas y gracias a la cual pudo y debió prepararse de la mejor manera posible -independientemente de si trae beneficios inmediatos o no- para hacer frente a desgracias similares en el futuro, evitando muertes, lesiones, intoxicaciones, enfermedades, etc. Pero el verdadero mando de la sociedad no es del burgués capitalista, sino el capital que impulsa al burgués, que tiene el privilegio de poseerlo y servirlo, a obtener beneficios en cantidad y rapidez en cualquier situación y a cualquier costo humano y social.

 

LA BURGUESÍA ESTÁ FUNDAMENTALMENTE INTERESADA EN CULTIVAR LAS CATÁSTROFES

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¿Cuál es la situación más apetecible para el capitalista si no es aquella en la que la mayoría de las limitaciones legislativas, burocráticas, administrativas y de procedimiento deben ser dejadas de lado porque existe una emergencia causada por una catástrofe?

¿Se cae un viaducto por falta de mantenimiento, como en el caso más reciente del puente Morandi en Génova, con sus muertos y heridos, poniendo en peligro a los habitantes de todo un distrito? ¡Preparados! Los diversos grados de investigación se acortan al máximo, eliminando los pasos burocráticos y constituyendo el siempre necesario Comisariado de Emergencia, y los arquitectos, planificadores, administradores de la ciudad y la región, políticos de toda índole, se desatan para hacerse con contratos, subsidios, negocios, privilegios, visibilidad. El puente Morandi, de hormigón armado, cuando se construyó, estaba garantizado por 100 años, pero se derrumbó después de 50 años; el nuevo puente, diseñado por un famoso arquitecto, Renzo Piano, esta vez de acero, estaba garantizado por 1000 años... ¿pero quién garantiza su mantenimiento para que esta afirmación no sea la habitual bravuconería?

Por no hablar de los numerosos desastres ferroviarios, los derrumbes por terremotos, deslizamientos de tierra e inundaciones, verdaderos cultivos de catástrofes como siempre hemos sostenido y demostrado, desde 1951, cuando, enfrentándonos a un nuevo desastre en Calabria debido a las fuertes lluvias, en un artículo de la serie «Al filo del tiempo», Amadeo Bordiga escribió: «El innoble episodio de la repetición en la extrema Calabria, dos años después, de un accidente que tiene el mismo origen, las mismas causas y los mismos efectos temibles, con las mismas actitudes de asombro, de condolencia hipócrita y de caridad enfermiza por parte de la prensa y de toda la ‘opinión’, para luego pasar, para enfriar las cosas, a la misma impotencia no tiene ninguna causa física, sino sólo causas sociales» (1).

Pero la burguesía argumenta tesis muy diferentes: una cosa son los colapsos causados por terremotos, desastres causados por inundaciones o tsunamis y otra cosa son las epidemias virales. Por supuesto, un terremoto, no importa cuán desastroso sea, generalmente se limita a una cierta área, y así las inundaciones o los deslizamientos de tierra; e incluso los tsunamis, no importa cuán grandes sean, nunca afectan al mundo entero. Por esta razón, al ser fenómenos circunscritos, pueden ser teóricamente más controlables; al menos las personas que no están inmediatamente involucradas pueden ser rescatadas llevándolas lejos del epicentro. Una epidemia viral, que puede convertirse en una pandemia y, por lo tanto, afectar fácil, rápida y repentinamente a personas de países de todo el mundo, sólo se descubre cuando ya se ha propagado (pero nunca se sabe cuántas personas ha logrado infectar y dónde se ha propagado, si no es después de mucho tiempo). Lleva mucho tiempo investigar para averiguar exactamente qué virus es, cuán contagioso y letal es. Aparte de las toscas medidas de confinamiento, distanciamiento social, higiene personal, etc., no es posible encontrar rápidamente las terapias y tratamientos adecuados para contenerlo y combatirlo y, al final, superarlo. Pero, casi siempre, la epidemia viral se agota por sí sola, en unos pocos años, a menos que vuelva a aparecer años más tarde con características diferentes, dado que algunos virus -que no vuelan, pero que, para vivir, necesitan infectar, bajo ciertas condiciones, diversos vectores animales, desde los salvajes hasta los humanos- tienen una gran capacidad de modificarse gradualmente. Cuanto más favorables sean las condiciones ambientales para su reproducción y propagación, más posibilidades tienen de infectar a millones de seres vivos, animales y humanos. Cuanto más destruya y modifique el hombre el medio ambiente silvestre en el que se producen y reproducen los virus animales, mayor será la posibilidad de infección.

El capitalismo, en su espasmódica búsqueda de beneficios, no sólo obliga a la gran mayoría de la humanidad a vivir en la miseria, en entornos insalubres, en la pobreza absoluta, abandonando una parte considerable de ella a una muerte segura, sino que también destruye el equilibrio ambiental -y por tanto una relación orgánica entre el hombre y la naturaleza, y entre los animales y la naturaleza- al llenar de cemento y deforestar, obligando a una parte considerable de la humanidad a amontonarse en metrópolis tóxicas. La actividad de destrucción del medio ambiente natural del que depende la vida de todos los seres vivos sólo puede tener consecuencias desastrosas no sólo para la humanidad, sino también para los animales y las plantas, consecuencias que, tarde o temprano, afectarán a la propia vida humana. Actualmente está bien establecido que los virus se producen y se reproducen más fácilmente en comunidades de animales - sólo hay que tomar los murciélagos, por ejemplo, que son mamíferos como nosotros, pero esto también se aplica a los ratones, pollos, cerdos, vacas, dromedarios, etc, de los cuales se originan las epidemias más peligrosas.         

Retrocediendo en el tiempo, en el último siglo ha habido 11 epidemias virales (la mitad pandemias), desde la famosa «española» de 1918-19, con sus 50 millones de muertos (aunque otras fuentes hablan de 100 millones), hasta la «asiática» de 1957, con más de 1 millón de muertos; desde la «gripe de Hong Kong» de 1968-69, con 1 millón de muertos (si bien otras fuentes hablan de 4 millones), que apareció en la China central y luego en Hong Kong, para luego desembarcar en los Estados Unidos (con millones de muertes), y en Europa (en Francia, las muertes estimadas fueron de 30 a 40.000, en Italia, 20.000), la «Aviaria» de 1997, una epidemia difundida, sobre todo, en el Asia sudoriental, con una incidencia muy baja pero con una mortalidad muy elevada (60% de los infectados) y el «Sars-CoV» de 2002-03, la misma cepa del coronavirus actual, circunscrita casi por completo a la China continental y Hong Kong, que de más de 8.000 infectados causaron unas 800 muertes (la tasa de mortalidad sigue siendo elevada: 9,6%); de la «gripe porcina» de 2009-10 que causó casi 400.000 muertes en todo el mundo después de haber infectado a casi 7 millones de personas (Il Tempo, supl. «salud», 11.4.2020, y www.epicentro.iss.en/passi/storiePandemic), al actual «Covid-19» que hasta ahora ha infectado, según datos oficiales (aunque sabemos que son falsos), a más de 4,8 millones de personas en el mundo con más de 320.000 muertes (datos de la OMS, Health Emergency Dashboard, 21 de mayo de 2020), de las cuales más de 169.000 en Europa, y unas 120.000 entre Estados Unidos, Brasil, Canadá y México, mientras que en China los muertos serían «sólo» 4.645...

Así, de las 11 epidemias virales de los últimos cien años, hasta cinco han ocurrido en los últimos 20 años, es decir, una cada cuatro años. ¿Cómo podemos hablar de un brote inesperado? Se ha puesto de moda, especialmente en economía, hablar de un cisne negro cuando se produce repentinamente un acontecimiento crítico grave, lo que justificaría que todas las autoridades encargadas de controlar situaciones concretas no lo hayan previsto y, por lo tanto, no hayan podido preparar a tiempo las medidas adecuadas para hacerle frente. Así, también para Covid-19, las autoridades sanitarias y políticas se justificaron con el ya habitual fatalismo del «cisne negro»: ¿qué mejor que un enemigo letal pero invisible, que apareció «de repente», para ordenar medidas drásticas de contención y tener vía libre en la gestión de la tan esperada emergencia? En la emergencia se emiten órdenes ejecutivas cuya aplicación está controlada por las fuerzas del orden, aparecen repentinamente recursos financieros que antes no estaban disponibles, justificando automáticamente toda operación considerada «indispensable», pero, casualmente, favoreciendo los intereses económicos y políticos de los empresarios, políticos y consultores amigos y, como sucede a menudo - los casos de hospitales construidos, pero nunca terminados, no son raros en la historia de Italia - desperdiciar recursos con el único objetivo de mostrar que se hace algo importante para el «bien común» pero luego, después de la emergencia, se abandona lo que se empezó y se pasa a otros asuntos.

El caso del Hospital Covid de la Feria de Milán es emblemático. (2)  El intento del presidente de la región de Lombardía, Attilio Fontana, de involucrar a la Defensa Civil para establecer un hospital de campaña en un pabellón de la Feria de Milán, no tuvo éxito, y se lanzó una rápida campaña de recaudación de fondos de acuerdo con Berlusconi y otros empresarios amigos para establecer el hospital de cuidados intensivos dedicado exclusivamente a los pacientes de Covid-19 con donaciones privadas, demostrando así que Lombardía podía «pensar por sí misma» sin necesidad del gobierno. En un mes se recogieron donaciones privadas por unos 50 millones de euros (Berlusconi 10, Caprotti dell’Esselunga 10, Del Vecchio della Luxottica 10, Moncler 10, «Giornale» y «Libero» 2.5, Enel 1.5 y muchos otros como McDonald, Fondo Nexi etc. con cifras más bajas) y el hospital, en diez días, maravilla de las maravillas, estaba listo! Parece que su costo fue de más de 21 millones, pero no se sabe nada del dinero restante recaudado... El 31 de marzo se inauguró oficialmente, bendecido por el arzobispo de Milán y propagado como «una nave espacial de alta tecnología», un hospital que serviría no sólo a Lombardía, sino a todo el país. Diseñado como el hospital de campo de Wuhan, debía tener 600 camas, poco después se anunciaron 500, bajando a 400 unos días después y, al final, se inauguró declarando una disponibilidad teórica de 200 camas. Una vez reducida la bravuconería inicial, se previó la posible participación de más de 200 médicos y más de 500 enfermeras, cuya gestión se asignó al Policlínico de Milán; pero los médicos y las enfermeras faltan en los hospitales ya activos, ¿cómo podrían garantizarlos para el nuevo Hospital Covid? ¿Cuántos fueron finalmente hospitalizados? El número más alto fue 25, el más bajo 2! (3). Por supuesto, no se tuvieron en cuenta las advertencias de algunos virólogos y directores de salud de los hospitales ya muy implicados en la lucha contra el coronavirus, como el director médico de primer nivel del departamento de cirugía cardiaca de Niguarda, en Milán, que había escrito: «Una unidad de cuidados intensivos no puede vivir separada del resto del hospital. Una unidad de cuidados intensivos sólo funciona si está integrada con todas las demás estructuras complejas que constituyen la gruesa red de un hospital, porque los pacientes admitidos en cuidados intensivos necesitan la evaluación continua e integrada de diferentes figuras profesionales, no sólo enfermeras y reanimadores, sino también infectólogos, neurólogos, cardiólogos, nefrólogos e incluso cirujanos. (...) Habría sido más lógico gastar las energías y donaciones recogidas para renovar o devolver la vida a algunos de las muchas salas abandonados de los hospitales de Lombardía. Habría sido posible invertir en el sistema existente y lo que se creó habría permanecido en el sistema de atención sanitaria de Lombardía, pudiendo utilizarse como unidad de cuidados intensivos o reutilizarse para otros fines, pero siempre dentro de un hospital en funcionamiento» (4). Exactamente, habría sido más lógico, desde el punto de vista de la atención al paciente, pero no desde el punto de vista de los intereses particulares económico-políticos-financieros de los grupos capitalistas que, compitiendo con los grupos que apoyan al gobierno, pretendían actuar por su cuenta contra toda lógica sensata, aprovechando la situación de emergencia sanitaria. Un hospital que costó mucho pero que prácticamente no sirvió para nada, salvo para demostrar por enésima vez que en esta sociedad, en la cima de las preocupaciones de los capitalistas y sus representantes políticos, no están ni el «bien común» ni la salud pública, sino su beneficio personal. Esto no evita el desperdicio de energía y capital, pero el sistema de propiedad privada requiere que los capitalistas, de su capital personal, hagan lo que crean...

 

BLOQUEO PARA TODOS... MIENTRAS SE BUSCA LA VACUNA, LOS EMPLEOS Y LOS SALARIOS DESAPARECEN Y EL CHANTAJE SE HACE MÁS FUERTE.

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Habiendo asumido las características de una pandemia real, el Covid-19 se ha convertido en el objeto de una frenética investigación en la que las grandes multinacionales químico-farmacéuticas se han lanzado a encontrar la solución mágica: ¡la vacuna! Cuanto más aumentaban los países afectados por esta epidemia, más muertes, más se propagaba el miedo y más se frotaban las manos las empresas químico-farmacéuticas que insistían en que los gobiernos apoyaran los más diversos experimentos, contando, además, con que las autoridades políticas y científicas seguían propagando el miedo al «enemigo invisible» y que el número de infectados y muertos, que se registraban día a día, demostraba que el peligro debía afrontarse con medidas excepcionales y que la única «solución» era la vacuna.

Mientras tanto, un término inglés, desconocido para la mayoría de la gente, como el confinamiento -el encierro en casa y la clausura de la mayoría de las actividades- en territorios cada vez más extensos y más allá de las «zonas rojas» identificadas como focos de la enfermedad, se ha convertido, en el espacio de unos pocos días, en un término muy utilizado, ciertamente mucho menos impresionante que el «arresto domiciliario» al que las autoridades, en realidad, han obligado a millones de personas, sometiéndolas al mismo tiempo a fuertes penalizaciones e incluso a la detención por ser «culpable de epidemia» si son sorprendidas infringiendo los reglamentos emitidos.

Por supuesto, el cierre no podía abarcar los hospitales, todo el personal médico y hospitalario, la producción y comercialización de medicamentos y equipo médico, el equipo de protección personal y todo lo necesario para sobrevivir diariamente, como los productos alimenticios, así como el transporte público, la recogida de residuos, etc. Excepto por el hecho, como se informó en nuestras tomas de posición anteriores y como se documentó en todos los medios de comunicación, de que todos los que estuvieron más expuestos al contagio, y por un período de tiempo indefinido, fueron sacrificados en el altar de la prevención inexistente y el beneficio saludable, como la mayoría del personal médico y hospitalario que estuvo sin equipo de protección personal durante muchas semanas, o los médicos de familia, sistemáticamente en contacto con los enfermos en casa, que fueron abandonados a su suerte confiando sólo en su propia buena voluntad y espíritu personal de sacrificio.

Sin embargo, el cierre no ha impedido a los propietarios de las empresas que han logrado que su negocio sea reconocido como esencial, hacer que sus trabajadores vayan a trabajar sin proporcionarles una protección individual adecuada y sin sanear el ambiente de trabajo, lo que ha provocado una serie de protestas y huelgas a pesar del temor a perder los salarios: No somos carne de matadero, era el grito de muchos trabajadores; un grito que sólo se escuchaba en parte por toda una serie de medidas que el gobierno había dictado (como la distancia entre un trabajador y otro, en el lugar de trabajo o en la cantina, en los vestuarios o en los baños, o el frecuente lavado y desinfección de las manos, etc.) no podían adoptarse plenamente en las empresas que no se construían según los criterios de protección prioritaria de los trabajadores sobre la maquinaria, las líneas de montaje, los almacenes de materias primas, etc. ¡Para el capitalista no es la máquina lo que el hombre necesita, es el hombre lo que la máquina necesita!

Dado el repentino empeoramiento de los efectos epidémicos del Covid-19, especialmente a partir de marzo, y la imposibilidad de saber cuánto tiempo duraría la situación, era inevitable que un gran número de empresas y negocios cerraran indefinidamente. Para las empresas estructuradas y de ciertas dimensiones, esto significaba aplicar un ERTE a una parte considerable de sus trabajadores - con la inevitable reducción de un salario ya bajo en comparación con el costo de la vida -, mientras que para las empresas medianas, pequeñas y artesanales significaba el despido de su personal. En la agricultura, donde hay una proporción considerable de trabajadores inmigrantes y de trabajo negro, el encierro significaba, al mismo tiempo, una explotación intensiva de los trabajadores que aceptaban trabajar sin ninguna protección y una masacre de los salarios de todos aquellos que no querían poner sus vidas en peligro por 3 euros por hora. El grito de alarma que las asociaciones de agricultores lanzaron en previsión de la primavera por la falta de brazos para la recogida de frutas y hortalizas en invernaderos y campos se sumó a las quejas de las asociaciones industriales, que perdían miles de millones porque ya no podían vender lo que ya se había producido ni en el mercado interior ni en el mercado de exportación y porque no podían cumplir los pedidos que ya habían contratado. Los pobres capitalistas no pudieron asegurar sus ganancias como antes...

 

LA SALUD DE LA ECONOMÍA Y LOS NEGOCIOS NO DEBE ESTAR EN RIESGO, LA SALUD HUMANA SÍ.

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La fuerte voz de los capitalistas siempre ha influido inevitablemente en las decisiones gubernamentales de todos los países. Y es precisamente el interés económico y financiero representado por los capitalistas más fuertes el que ha guiado, al principio y en el curso de la epidemia, y seguirá guiando, las decisiones e indecisiones de sus gobernantes, en buena compañía, por otra parte, con las instituciones sanitarias nacionales e internacionales.

Poco más de dos meses después de la aparición oficial del coronavirus en Europa, el diario español El País, tuvo acceso a los documentos de una reunión del Centro Europeo para el Control y la Prevención de Enfermedades (CEPCE) celebrada en Suecia el 18 de febrero, para tratar también la epidemia de coronavirus que ya había causado más de 2.000 muertes de un total de más de 17.000 personas infectadas, la mayoría en China (5), mientras que los infectados por coronavirus en Europa eran, por el momento, «solo» 45, todos relativos a viajeros que regresan de China, revela la conclusión de esta reunión: «en Europa el riesgo de propagación del virus es bajo». Al cabo de unos días, Italia cerró once municipios de la «zona roja», mientras que, como los virus nunca respetan las fronteras, la epidemia se propagó en pocas semanas en Lombardía, Véneto, Emilia Romaña; y también en Alemania, donde, en realidad, ya se habían activado protocolos de protección en 20 hospitales, mientras que en el mercado internacional ya era muy difícil encontrar el equipo de protección personal y los diversos equipos necesarios para los cuidados intensivos.

En pocas semanas, los hospitales ya no podían admitir a todos los pacientes sintomáticos, las plazas en cuidados intensivos se agotaron rápidamente, las salas de urgencias no podían contener la gran afluencia de pacientes, las salas de cirugía y de cuidados intensivos estaban ocupadas por pacientes de Covid-19, mientras que para todos los demás pacientes ya hospitalizados, el tratamiento ya iniciado se suspendió parcialmente y las operaciones se aplazaron. La tan cacareada eficiencia sanitaria de Lombardía fue así desmantelada en pocas semanas.

En poco tiempo apareció una dramática serie de ineficiencias y declaraciones poco fiables, mezcladas con una sistemática actividad propagandística de virólogos en busca de notoriedad y pretensiones, mientras que los investigadores y médicos que, por el contrario, trataban de advertir que el peligro de este nuevo coronavirus podía aumentar realmente, fueron silenciados, si no ridiculizados, transformando la epidemia en una pandemia, no sólo porque todavía no se conocía y por tanto no se sabía cómo controlarla y erradicarla, sino también porque las estructuras sanitarias -cuya eficiencia ya se había reducido debido a la escasez de recursos disponibles, los recortes en las inversiones y el personal de salud pública, que se habían producido durante décadas- se derrumbarían fácilmente. Y eso es exactamente lo que ocurrió, tanto que un gran número de enfermos, incapaces de ser admitidos en los hospitales, murieron en sus casas, mientras que muchos médicos y enfermeros, infectados, terminaron en cuarentena y muchos de ellos también murieron; sin mencionar a los pacientes de Covid-19 que, por falta de plazas en los hospitales, fueron enviados a las Residencias de ancianos, infectando a una población anciana ya debilitada por otras patologías y convirtiéndose en portadores involuntarios de una verdadera masacre. ¡No es una coincidencia, de hecho, que la mitad de las muertes de Covid-19 sean personas mayores! Era evidente que las deficiencias del sistema de salud pública conducirían inevitablemente a la utilización de los escasos recursos e intervenciones mediante la selección de los pacientes y la concesión de prioridad a los que tuvieran más posibilidades de lograrlo; así pues, se sacrificaba sistemáticamente a los ancianos, especialmente si ya estaban debilitados por otras patologías. Lo que normalmente sucede en el lugar de trabajo se invierte en igualdad de condiciones en los hospitales: los ancianos tienen menos energía, por lo que son menos explotables y por lo tanto se convierten más fácilmente en sobrantes; lo mismo sucede con el paciente anciano en el hospital, especialmente si ya está afectado por otras patologías. El anciano, si no es rico, y por lo tanto no puede permitirse la hospitalización en clínicas privadas, está destinado a sufrir su incertidumbre de vida incluso cuando cae enfermo; al no ser un buen pagador, se convierte en superfluo, en un obstáculo, en un puro costo sin compensación. Y al igual que los ancianos, también los discapacitados: todos son considerados costos, y el capitalismo los reduce sistemáticamente.

 

FALTA DE FIABILIDAD Y MANIPULACIÓN DE LOS DATOS Y ESTADÍSTICAS OFICIALES

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Otro aspecto, que se ha hecho evidente con el tiempo, se refiere a la fabricación de los datos que en todos estos meses han seguido llenando las noticias y reportajes de los medios de comunicación. Cuántos infectados, cuántas muertes, cuántos curados en las últimas 24 horas, en qué región, en qué país, etc., han sido reportados. ¿Cuántas pruebas, cuántos análisis, cuántos asintomáticos... Tal cantidad de datos y estadísticas, que por otra parte no se corresponden en absoluto con la realidad, se difundieron diariamente sólo para justificar todas las medidas de confinamiento adoptadas por los gobiernos, pero el verdadero objetivo era implantar un terrorismo mediático, asustar a la mayoría de la población para que aceptara mansamente las limitaciones impuestas y se resignara a la enfermedad y a las muertes sin culpar a un poder político que, por el contrario, se ha mostrado completamente ineficaz, incompetente y cínicamente sometido a las razones del beneficio capitalista. En un «hilo de tiempo» de 1951, sobre la inundación del Po, ya se destacaba lo siguiente: «Los profesionales y los científicos más respetados de hoy en día dan respuestas según las necesidades políticas y la razón de estado, es decir, según el efecto que tendrán, y las cifras se someten a todo tipo de manipulación» (6). Desde entonces no se han vuelto más serios, han continuado entrenando a sus figuras de acuerdo a la conveniencia política.

En varias ocasiones, algunos ilustres epidemiólogos han declarado que las estadísticas en las que se basaban los datos proporcionados diariamente por la Defensa Civil - como en una especie de Boletín de Guerra - eran estadísticas que debían tomarse con reservas. En primer lugar, porque las mediciones realizadas no podían dar resultados estadísticos en tiempo real, sino sólo después de unos pocos días, luego porque la cantidad de pruebas realizadas y otros análisis era tan baja que no podían dar una imagen más clara y, sobre todo, porque se hicieron principalmente en personas ya hospitalizadas, mientras que la gran cantidad de contagio se refiere a personas asintomáticas. Además, las muertes que se produjeron durante la epidemia de coronavirus se atribuyeron todas a Covid-19, mientras que algunas de esas muertes se debieron en realidad a enfermedades graves preexistentes en las que la infección por Covid-19 sólo aceleró el proceso de muerte. En resumen, el suministro diario de datos de los «boletines de guerra», así como la divulgación de declaraciones ponderadas de ilustres virólogos, evidentemente también tenía por objeto hacer que una población asustada recuperara una fiabilidad en las actuales autoridades políticas y sanitarias que los hechos reales habían socavado gravemente.

Para dar una idea de la falta de fiabilidad de los datos recogidos por las instituciones sanitarias y la Protección Civil, nos remitimos al parámetro del llamado índice R0, que fue sustituido por el índice Rt (6), en definitiva el indicador de los contagios que, en promedio, puede causar una persona infectada; un indicador que puede utilizarse como parámetro útil si se conoce la fecha a partir de la cual el paciente desarrolló los primeros síntomas; si falta el día del comienzo de los síntomas, los datos son falsos, por lo tanto inutilizables. Esta encuesta - evidentemente limitada a los pacientes sintomáticos - a fin de ser una base válida para evaluar las medidas e intervenciones adecuadas que se han de realizar, debe realizarse con la misma metodología, al menos a nivel nacional, pero, dada la pandemia, debe abarcar todos los países, y realizarse diariamente, transfiriendo los datos recogidos de los infectados, uno por uno, en los mismos formularios digitalizados utilizados por todos los países para que puedan trabajar en tiempo real. Estas son las palabras del físico Ricci-Tersenghi, Profesor de Física Computacional de la Universidad La Sapienza de Roma, sobre el «Sistema de Monitoreo» lanzado por el decreto del Ministerio de Salud el pasado 30 de abril, que constató la total falta de fiabilidad de este sistema, tanto más cuanto que «el parámetro Rt publicado el 15 de mayo, lo que debe decirnos si las cosas van mal o no, ha sido calculado con los datos disponibles hasta el 26 de abril, hace tres semanas, con el bloqueo aún en pleno desarrollo» (7). Si luego añadimos que la mitad de las Regiones han proporcionado datos incompletos para el 50%, ¿cuál es el nuevo y pomposo «Sistema de vigilancia» que debería decirnos si la epidemia está bajo control y si las medidas adoptadas fueron realmente útiles, o no, para contenerla y luego erradicarla?

Otro hecho importante a saber, dice Ricci-Tersenghi, sería el de las «cadenas de contagio». Pero es el propio Istituto Superiore di Sanità el que afirma que «el lugar de presunta exposición al virus se conoce sólo para el 12,7% de los casos notificados en el período de referencia», la mayoría de los cuales, por otra parte, se han identificado en la Rsa o en contextos familiares. Pero del 87,3% restante, no se sabe nada... (8). 

 

¿TODO IRÁ BIEN?

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Ante esta trágica situación, la respuesta de la burguesía no es sorprendente. La ciencia oficial no responde a criterios de prevención real, sino a criterios de curación, entre otros, criterios que inevitablemente seleccionan entre quién puede pagarla y quién no. Los beneficios capitalistas, en este ámbito, se acumulan en las grandes cantidades y variedades de productos farmacéuticos que se venden en un mercado formado por grandes cantidades de enfermos. Si los enfermos fueran un pequeño porcentaje de la población, si no la excepción, ¿qué pasaría con los beneficios de las grandes multinacionales químico-farmacéuticas y las ventajas personales en términos de dinero y liderazgo de todas las filas de políticos, administradores, científicos, primarios, virólogos, cirujanos, epidemiólogos, etc., que viven de las enfermedades cada vez más típicas de la podrida sociedad burguesa?

La clase burguesa no teme a la epidemia de coronavirus, VIH, Ébola, sarampión, cólera o cualquier otro virus o bacteria; el burgués individual ciertamente teme y teme por su vida y por no poder disfrutar de su riqueza, pero la clase social a la que pertenece está congénitamente preparada para aprovechar cada desastre, cada catástrofe porque sabe que puede beneficiarse inmensa y rápidamente, como lo demuestra cada situación de emergencia. Por supuesto, los científicos deben esforzarse por descubrir el tipo de virus, de dónde proviene, cómo cambia, cuán contagioso y letal es, y qué medicamentos pueden utilizarse para detener el proceso de agravamiento que puede llevar a la muerte, y qué tratamiento y medidas deben aplicarse para un resultado positivo del tratamiento. Pero su actividad como científicos depende, como cualquier actividad humana en la sociedad burguesa, de la posibilidad de ser un elemento constitutivo del proceso de apreciación del capital. O bien su trabajo, su investigación, aporta un beneficio, en dinero, en influencia ideológica y política, o en servicio social necesario para que los trabajadores enfermos o heridos puedan volver a sus puestos de trabajo lo antes posible, o bien su trabajo, aunque sea encomiable desde el punto de vista humano y de la investigación pura, es inútil y, por lo tanto, se archiva y se abandona en el olvido.

Toda investigación, cualquiera que sea el campo en que se realice, necesita inversiones y, a menudo, grandes inversiones que sólo pueden ser proporcionadas por los Estados y las grandes multinacionales. Y la investigación médica y farmacológica no sólo necesita de los laboratorios, sino también de la experimentación animal y humana, especialmente ante situaciones de epidemia o pandemia. Por lo tanto, además del capital para satisfacer todas estas necesidades, también requiere la intervención de la autoridad estatal, la única que, en situaciones de emergencia, tiene la facultad de adoptar medidas que obligan a una gran parte de la población a someterse a comportamientos contrarios a los que se considera la conducta normal de la vida cotidiana. Tanto más en un Estado democrático, donde la libertad de movimiento, de reunión, de manifestación, así como la libertad de expresión y de prensa, forman parte de la ideología dominante con la que la población está acostumbrada a hacerse ilusiones de que puede «elegir» qué hacer en su futuro, teniendo, en teoría, un abanico ilimitado de «opciones». La misma «libertad para todos», que es el orgullo de la sociedad burguesa, y en particular de la democracia, se convierte en un obstáculo para la clase burguesa, en determinadas situaciones de crisis económica y social, porque le impide actuar rápidamente y sin trabas en la defensa de sus intereses económicos y políticos, que se ven amenazados precisamente por la situación de crisis. Basta con unas cuantas ordenanzas o decretos para convertir la «libertad» burguesa en papel mojado, con el presagio hoy de la epidemia, ayer del «terrorismo», mañana de la crisis económica o social.

Ante la crítica situación provocada por los efectos de la pandemia del coronavirus, que causó una considerable disminución del producto interior bruto en todos los países, y no sólo en los más afectados por el Covid-19, la clase burguesa gobernante, que es una causa determinante de la propagación de la epidemia y la principal de su letalidad, ha aprovechado esta oportunidad para asestar nuevos y poderosos golpes a la tan idealizada «libertad». Con la epidemia se ha extendido el temor de ser infectado, de morir, de no poder contar con la asistencia de un hospital, de ser abandonado, de incurrir en fuertes sanciones - como de hecho le sucedió a muchos - y este temor ha doblegado a una población en absoluto preparada para situaciones de emergencia similares, hasta el punto de no tener la fuerza para reaccionar ante una catástrofe, que había sido anunciada dadas las epidemias anteriores, y para someterse a las directivas gubernamentales que se emitieron de vez en cuando.

La única clase capaz de hacer frente a la burguesía y de la que ésta, de hecho, teme la reorganización y la lucha como clase antagónica, es el proletariado. La historia de la lucha de clases lo demuestra ampliamente. Pero, embriagado durante décadas por fuerzas oportunistas y acostumbrado a la colaboración entre clases y a apoyarse en el Estado como entidad por encima de las clases y sus intereses opuestos, y al margen de las protestas y algunas huelgas al principio del período en que la epidemia comenzó a cobrar sus víctimas, el proletariado también se sometió a las medidas de control social aplicadas por los distintos gobiernos. El desempleo ya existente, el peligro de perder el empleo, aunque sea precario, los salarios completamente insuficientes para pagar la comida de todo un mes, la necesidad de ocuparse de los niños pequeños y adolescentes que no pueden ir al jardín de infancia y a la escuela, el cuidado de los enfermos en casa totalmente a expensas de los miembros de la familia: en resumen, una situación de extrema inseguridad y de extremo aislamiento ha jugado a favor de la cínica y asesina clase burguesa y sus maniobras todas encaminadas a defender en primer lugar el sistema capitalista de producción y distribución para poder reanudar cuanto antes, a toda velocidad, la explotación del trabajo asalariado, pero con una clase asalariada aún más inclinada a las necesidades del capital.

«Todo saldrá bien» fue una especie de grito de esperanza y consuelo para no ceder a la desesperación, que, sobre todo por parte del personal del hospital, quiso animar a los pacientes de coronavirus, y a sus familias, declarando que serían tratados con toda la dedicación posible a pesar de las grandes dificultades objetivas. Y sin duda es mérito del personal de enfermería y de los trabajadores de la salud que muchos enfermos logren sobrevivir; los medios de comunicación y los políticos más inteligentes los llaman «héroes», pero ellos mismos, que no se sienten héroes, saben que pronto serán olvidados, especialmente por las autoridades hospitalarias, administrativas y políticas. La inmolación de los turnos, la falta de equipos de protección personal, la constante exposición al contagio y a la muerte, el miedo a llevar el contagio a la propia casa al final del turno, la cuarentena forzosa para todos los infectados, todo esto era ciertamente motivo de rebelión, de huelga, de lucha contra un sistema que no sólo explota sistemáticamente la mano de obra, sino que la sacrifica conscientemente en el altar del beneficio. Ninguno de ellos sintió la necesidad de golpear en una situación tan dramática en la que sólo su trabajo, su dedicación, su humanidad permitía el cuidado y el tratamiento necesario de los enfermos y sus familias. Ciertamente, se apoyaron en la gratitud de los enfermos y sus familias, pero no en las direcciones de los hospitales ni en las autoridades políticas del gobierno que, en cambio, tomaron posesión de su sacrificio, lloraron lágrimas de cocodrilo por los médicos y enfermeros muertos, pero siguieron privilegiando los intereses de un sistema deshumanizador que sistemáticamente destroza vidas y afectos. De «héroes» pasaron rápidamente a ser simples trabajadores que están obligados contractualmente a cumplir con su «deber» a cambio de un salario siempre insuficiente y en instalaciones a menudo inadecuadas, si no ruinosas. De hecho, las enfermeras y todo el personal del hospital se quedaron solos, indefensos, expuestos al sacrificio de sus vidas.

¿De quién podría venir la verdadera simpatía por su sacrificio? De la lucha de los proletarios de los demás sectores económicos y de servicios que, con su presión sobre los patronos y los poderes políticos, deberían haber empezado a exigir al menos el suministro inmediato de equipos de protección personal y de todo el material necesario para la protección y la higienización de los ambientes hospitalarios, aunque ello hubiera supuesto obligar a las empresas más idóneas a convertir inmediatamente su producción habitual en la fabricación de máscaras, guantes, fundas para zapatos, trajes, desinfectantes, etc. y no sólo para los hospitales, sino para toda la población, que se vio obligada a equiparse con máscaras, guantes, desinfectantes, etc. a su costa. Las huelgas que hubo, de hecho, fueron ciertamente una reacción de los trabajadores que se vieron obligados a ir a trabajar sin la protección necesaria y en entornos insalubres, pero estaban completamente aislados y no se hizo ninguna huelga en solidaridad con el personal del hospital. El trabajo de décadas de los sindicatos tricolores para aislar las luchas, vaciar las reivindicaciones de clase y colaborar cada vez más estrechamente con la alta dirección de las empresas y el Estado también ha tenido sus consecuencias antiproletarias en este período. Mientras que la epidemia «une» a todos en cierto sentido en el mismo destino, y las luchas deberían haber tenido la misma respuesta unitaria, las uniones tricolores hicieron todo lo posible para contener y aislar las agitaciones espontáneas, de hecho desorganizándolas y disminuyendo su fuerza inicial. Si ante las iniciativas y medidas maestras que atacan los intereses inmediatos del proletariado no respondemos con una lucha que afecte directamente a los intereses de la patronal, extendiendo la lucha a más sectores, el proletariado nunca podrá defenderse ni en situaciones de crisis empresarial ni, menos aún, en situaciones de crisis económica y social generalizada.

Por esta razón, los proletarios deben comenzar a poner de nuevo la defensa exclusiva de sus intereses inmediatos en el centro de su lucha, yendo necesariamente contra todo objetivo, todo medio y todo método de lucha destinado a defender los intereses de la empresa conciliando esos intereses con los de los trabajadores. Una lucha que no puede durar y mantenerse, ni fortalecerse, si no se cuenta con la solidaridad de clase.

La solidaridad de clase sólo puede surgir sobre la base de la lucha de clases, y puede convertirse en un arma de presión considerable cada vez que un sector obrero se encuentre en dificultades particulares -como en el caso actual del personal hospitalario- y pueda contar con la fuerza y el apoyo de los demás sectores obreros que luchan con ella o por ella. La reconciliación en el plano económico entre trabajadores y empleadores abre la puerta a una reconciliación social más general, sometiendo efectivamente los intereses de los trabajadores a las necesidades de los capitalistas, en todos los campos, tanto en la empresa que fabrica armas como en la que produce latas de carne, ropa o medicinas, y en todos los sectores de la vida social, ya sea el transporte, los hospitales, los medios de comunicación u otros.

Se dirá: pero en tiempos de pandemia, con la obligación de permanecer encerrado en casa bajo el riesgo de ser fuertemente sancionado si se rompen las estrictas normas dictadas específicamente por las autoridades políticas, y con el peligro de ser infectado y terminar en el hospital y tal vez morir, es lógico que uno no quiera exponerse a estos peligros al igual que es lógico que cada individuo siga las disposiciones dadas, considerándolas como protección individual esencial. Pero esta «lógica» choca con la lógica capitalista que exige, por el contrario, que una parte considerable de los proletarios sigan yendo a trabajar aunque sea sin protección, exponiéndolos al contagio y transformándolos en nuevos vectores de contagio, y que obliga al personal de los hospitales a sacrificarse directamente para asistir y tratar a decenas de miles de personas que han enfermado y muerto por la propia lógica del beneficio capitalista.

En la primera guerra imperialista mundial, los soldados del frente no sólo corrían el riesgo de ser asesinados por soldados enemigos, sino también de ser fusilados por los Carabinieri si desobedecían las órdenes dadas por los oficiales. Esto no impidió que los soldados italianos y austríacos fraternizaran en determinados momentos, y no impidió que desertaran del frente de guerra donde la clase dominante burguesa los había obligado a ir y ser asesinados única y exclusivamente para defender su red de intereses económicos, políticos y militares. Y no impidió que el proletariado alemán, en plena guerra, ya en 1915, hiciera una huelga y se manifestara, chocando con la policía, por el pan y contra la guerra burguesa; así como no impidió que los proletarios de Turín, en agosto de 1917, hicieran una gigantesca huelga por el pan y contra la guerra. En ese momento, la vida estaba en riesgo mucho más que en la actual epidemia de coronavirus.

La llamada guerra contra el Covid-19, que cada megáfono de propaganda burguesa recuerda continuamente, ha demostrado ser de hecho un nuevo ataque a las condiciones de vida y de trabajo del proletariado. Y corear el habitual estribillo de «todos juntos lo conseguiremos» si «cada uno hace su parte» es la habitual forma hipócrita y, a la vez, cínica que la burguesía utiliza para influir en el proletariado para que, en caso de que se vean empujados a luchar en defensa de sus intereses inmediatos y de su vida, desistan de su lucha clasista, o no piensen en ello porque sólo... «sólo uniendo fuerzas será posible salir del túnel en el que la Covid-19 nos empujó...».

Pero la burguesía nos empujó a este túnel, no el virus. Esa unión de fuerzas, para la burguesía, sólo tiene un significado, y es que la fuerza del proletariado se somete a su mando, reconociéndole como única autoridad para hacer frente hoy a la epidemia y, como ayer y mañana, a la crisis económica, los despidos, la reducción de salarios y pensiones, el aumento de la militarización de la sociedad, la guerra emprendida. La unión nacional a la que recurre la clase dominante burguesa cada vez que entra en crisis, y que el sindicalismo y el colaboracionismo político defienden a capa y espada, sólo sirve para distraer a los proletarios de sus intereses de clase, para empujarlos a desarmarse sindical y políticamente, transformándose así en un instrumento de su propio sometimiento, esclavizándose voluntariamente, en un instrumento de su propia explotación. Que el Papa Francisco pusiera allí su palabra, invitándonos a rezar por nuestros gobernantes tan comprometidos en tomar decisiones «difíciles», es también lógico, dado que la Iglesia - en este caso católica, pero lo mismo se aplica a cualquier otra fe religiosa - es parte integrante de la conciliación social y de la colaboración de clase, por lo tanto enemiga de los intereses de clase del proletariado.

 

¿NADA SERÁ COMO ANTES?

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Otro lema se añadió cuando la curva de contagio y muerte comenzó a caer, al menos oficialmente: Nada será lo mismo que antes.

El «No será lo mismo que antes» es en realidad una advertencia que la burguesía lanza sobre todo al proletariado: cuidado, la crisis epidémica ha dañado tanto la economía de los países más importantes del mundo que habrá que adaptarse a grandes sacrificios incluso en el período posterior al final de la pandemia. Hoy en día, la burguesía está discutiendo sobre préstamos de cientos de miles de millones que se obtendrán de las cajas fuertes internacionales para tapar de alguna manera las miles de fugas en las actividades empresariales y distribuir unos pocos euros a las familias necesitadas... Pero el futuro no es de color de rosa, por lo tanto, a los proletarios les dicen: agradecednos las migajas que os damos ahora, pero preparaos para más sacrificios y, sobre todo, no os rebeléis porque os arriesguéis a la represión. ¡El orden públicor! ante todo

Pero para que «ya nada será como antes» se convierta en una consigna proletaria, la relación de fuerzas entre el proletariado y la burguesía tendrá que cambiar a favor del proletariado. La burguesía ya no debe tener la máxima libertad de explotación del trabajo asalariado y la represión de cualquier intento de oponerse por la fuerza al empeoramiento de las condiciones de la existencia proletaria. Sólo la reorganización clasista de las luchas proletarias y el empleo de medios y métodos de lucha clasistas pueden hacer ver al proletariado la posibilidad de detener realmente el empeoramiento de sus condiciones de vida y de trabajo; sólo sobre esta base el proletariado podrá recobrar la confianza en sus propias fuerzas y hacer que los capitalistas y sus exponentes políticos y administrativos teman realmente al movimiento clasista proletario no sólo hipotéticamente futuro - como ya sucede - sino en la realidad presente.

Hasta la fecha, el proletariado está, por desgracia, tan replegado sobre sí mismo que no tiene la fuerza para reaccionar con vigor clasista. Los golpes que está sufriendo no son todavía los que desencadenan la revuelta contra todo el sistema de poder burgués. ¿Cuántos golpes más tendrá que soportar para encontrar dentro de sí mismo la fuerza para levantar la cabeza y reconocerse como una verdadera fuerza social capaz de defender sus propios intereses usando toda la fuerza que tiene en sus manos? Nadie lo puede predecir. Pero es cierto, porque en la historia pasada ya ha sucedido varias veces, y porque la dinámica social del capitalismo contiene un antagonismo de clase entre los capitalistas y los proletarios que no puede ser neutralizado para siempre, que las próximas crisis económicas y sociales inevitables sólo aumentarán la presión social hasta tal punto que la superestructura de la sociedad burguesa ya no podrá contenerlo, haciéndolo estallar como una caldera que ya no puede contener el vapor producido en su interior.

Entonces los proletarios comprenderán lo importante que es reorganizarse en el terreno clasista, y lo vital que es luchar contra los capitalistas y las fuerzas de conservación que los apoyan no sólo por las reivindicaciones económicas e inmediatas, sino para derribar completamente todo el sistema social capitalista y burgués y finalmente conquistar, bajo la dirección de su partido de clase, el poder político, porque es la única manera que puede iniciar la emancipación del proletariado de la esclavitud asalariada y, con ello, la emancipación de toda la humanidad del mercantilismo, de las leyes del capital, de la explotación del hombre por el hombre, superando así la prehistoria humana para entrar en la historia de la especie.      

22 de mayo de 2020

 


 

 (1)  Cr. La coltivazione delle catastrofi (El cultivo de los desastres), en «il programma comunista» No. 20 de 1953.

(2)Una situación muy similar a la explicada en este párrafo se vivió en España, concretamente en Madrid, con la utilización de las naves del recinto ferial IFEMA como hospital de campaña: no sólo se construyó un hospital completamente inutilizable después de la pandemia en lugar de reforzar los ya existentes sino que se hizo un suculento negocio con las concesiones de mantenimiento, etc. a las grandes empresas de la construcción.

(3) Véase www. adkronos.com/ fatti/ cronaca/2020/03/31/ coronavirus- inaugurato- nuovo- ospedale- fiera- milano_JxZEmKXJulPAkbE5ej7BVN.html ) y www.nexquotidiano.it/travaglio-miracolo-a-milano-ospedale-lonbardia-fiera-da 12-24 lugares/

(4) Ver www.adkronos.com/fatti/cronaca/2020/03/31/coronavirus-inaugurato-nuovo-ospedale-fier) a-milano_JxZEmKXJulPAkbE5ej7BVN.html

(5) Véase   https://elpais.com/sociedad/2020-05-18/los-guardianes-de-la-salud-europea-subestimaron-el-peligro-del-virus.html, y la República, 20.5.2020.

(6) Ver: Piena e rotta della civiltà borghese, de la serie « Siguiendo el hilo del tiempo», en «battaglia comunista» n. 23 del 5 al 19 de diciembre de 1951. También en la A. Bordiga, Drammi gialli e sinistri della moderna decadenza sociale, Iskra edizioni, Milán 1978.  

(7) R0 (erre cero) es el promedio de casos secundarios de un caso índice en comparación con una población enteramente susceptible a la infección; Rt (erre te) es una medida de la transmisibilidad potencial de la enfermedad vinculada a una situación contingente (por ejemplo, en una situación de encierro).

www.openline/2020/05/20/data-stops-26-aprile-printings-delay-printings-trackkento-counting-fallet-pandemic system/

(8)   Ibidem.

 

 

Partido comunista internacional

www.pcint.org

 

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