(«El programa comunista» ; N° 51; Abril de 2015)
Nota de aclaración política sobre el artículo“Tesis sobre la «cuestión china», agosto 2020
¡Atención!
Hay que comprender bien y explicar un pasaje de las Tesis sobre la cuestión china, publicadas en el n.º 23 de 1964 de «Il programma comunista», ya que contiene una generalización que puede dar lugar a malentendidos. El punto 7) de las Tesis, en el epígrafe: « Democracia y proletariado: la cuestión nacional», afirma, tras haber hablado de las dos fases del capitalismo para las distintas áreas geográficas, y tras haber definido así la fase uno citando a Lenin:
«En Europa occidental, la época de las revoluciones democráticas burguesas abarca un intervalo de tiempo bastante preciso que va aproximadamente de 1789 a 1871», subrayando: «Esta es la época de los movimientos nacionales y de la creación de Estados nacionales. Una vez cerrado este período, Europa occidental se había transformado en un sistema constituido por Estados burgueses, por Estados nacionales generalmente homogéneos. Buscar hoy el derecho a la libre disposición de los programas de los socialistas de Europa occidental es no conocer el abc del marxismo».
A continuación, el texto pasa a la segunda fase del capitalismo, es decir, a la otra gran área geográfica:
«En Europa del Este y en Asia, la época de las revoluciones democráticas burguesas no comenzó hasta 1905. Las revoluciones en Rusia, Persia, Turquía y China, las guerras en los Balcanes: esta es la cadena de acontecimientos mundiales de nuestra época en nuestro Oriente».
Las Tesis, una vez subrayadas estas dos fases, continúan así:
«Hoy (en 1964), esta fase ha concluido igualmente en toda la zona afroasiática. [cursiva original del texto]. Por doquier se constituyeron, al final de la Segunda Guerra Mundial, Estados nacionales, más o menos «independientes», más o menos «populares», que promueven de manera más o menos «radical» la acumulación de capital. Solo por este hecho, el «extremismo» chino no puede presentarse como la teoría de un movimiento nacional revolucionario, sino como una ideología oficial del Estado burgués constituido, como un programa de colaboración de clase con todo lo que ello conlleva en frases «socialistas».
A continuación, el punto 8), en el que se afirma:
«Ni siquiera en la fase de las revoluciones democráticas burguesas, los comunistas pueden convertir en fetiche la «cuestión nacional» y no deben situar su solución por encima de los intereses de clase y de su propia lucha. El proletariado revolucionario no debe olvidar que su tarea histórica es destruir el Estado burgués y las relaciones de producción capitalistas para instaurar una sociedad en la que desaparezcan las clases, y con ellas desaparecerán las diferencias entre Estados y las propias naciones. En su desarrollo, el capitalismo derriba las fronteras nacionales, superadas por sus mercancías y sus ejércitos. Destructor de las relaciones de propiedad, rompe las entidades nacionales e impone sus formas de dominación mundial tanto a los países más avanzados como a los pueblos oprimidos. Los comunistas no pueden, por tanto, esperar que el capital cree una armoniosa «sociedad de las naciones» en la que las relaciones entre Estados se regulen de conformidad con el «derecho de gentes». En cambio, sí podían esperar que el derrocamiento del capitalismo mundial evitara a Oriente la fase de la acumulación capitalista y la constitución en Estados nacionales burgueses.
«Ignoramos —decía aún Lenin— si Asia llegará, antes de la quiebra del capitalismo, a constituirse en un sistema de Estados nacionales independientes según el modelo de Europa. Pero una cosa es incontestable, y es que, al despertar a Asia, el capitalismo ha suscitado también allí movimientos nacionales; que estos tienden a constituir Estados nacionales; que estos Estados garantizan precisamente al capitalismo las mejores condiciones de desarrollo» (de: Del derecho de los pueblos a disponer de sí mismos).
En los puntos siguientes, hasta el final de las Tesis, ya no hay ninguna referencia a la zona afroasiática.
Para todos los grupos que niegan la táctica comunista defendida por el partido en los años cincuenta-setenta en torno a los movimientos revolucionarios en las zonas afroasiáticas, la cuestión «nacional», entendida como movimiento revolucionario para la constitución de un Estado nacional independiente —por lo tanto, sin duda una revolución burguesa tanto desde el punto de vista político como económico— ya no se plantea como se planteaba en la época de Lenin y de la Tercera Internacional; por lo tanto, estos grupos sostienen que entre las tareas del proletariado mundial ya no debía figurar el apoyo del proletariado a estos movimientos, aunque se organizara de manera totalmente independiente de las demás clases y persiguiera —declarándolo, como hicieron los bolcheviques en 1905 y, más aún, en 1917— simultáneamente sus objetivos históricos de clase, es decir, la lucha contra la burguesía nacional una vez alcanzado el poder (más aún si es él mismo quien alcanza el poder, como en el caso de Octubre de 1917) para derribar su Estado e instaurar su dictadura de clase.
La posición de estos grupos, con más o menos distinciones formales, en realidad reproducía la posición de los mencheviques: que la burguesía haga su revolución anti feudal y, en el caso de la época histórica más reciente, «antiimperialista»; que la burguesía desarrolle el capitalismo en el país atrasado, cree las masas proletarias que este desarrollo conlleva, tras lo cual el proletariado tendrá finalmente la ocasión histórica —una vez creada su fuerza de clase, gracias al desarrollo del capitalismo nacional— de situarse en el terreno revolucionario «puro», es decir, en el terreno en el que las clases en lucha serán únicamente el proletariado y la burguesía.
Aparte de la lectura errónea de las relaciones entre las clases en la sociedad dividida en clases, y sobre todo en la sociedad capitalista (en realidad, no solo la clase burguesa está dividida en dos: los terratenientes y los capitalistas industriales/financieros), sino que, además del proletariado, existe un campesinado pobre y también la pequeña burguesía comercial, industrial, artesanal, campesina, esas clases medias que normalmente dependen de la gran burguesía y la sostienen, pero que, en determinados momentos históricos en los que el proletariado demuestra una fuerza de clase real capaz de inclinar a su favor el rumbo del enfrentamiento con la burguesía dominante, es posible que una parte de ellas se sume al movimiento revolucionario del proletariado, mientras que otras partes permanecen al servicio de la gran burguesía reaccionaria o tienden a ser «neutrales», a la espera de ponerse del lado del vencedor una vez que la lucha lo haya decidido.
A partir de una lectura errónea de ese pasaje contenido en el texto de las Tesis sobre la cuestión china, el grupo de Schio, por ejemplo, llegó a la conclusión de que, para toda la zona africana, además de para la zona asiática, el tema de la cuestión nacional ya no se planteaba según el enfoque dado en su momento por Lenin por la Internacional Comunista y por el partido. La posición totalmente formal y anti dialética que une a los diversos grupos de este tipo era y es la siguiente: las revoluciones nacionales se desarrollan en el marco de la estrategia mundial del imperialismo, es decir, en el marco de los intereses del imperialismo estadounidense o en el de los intereses del imperialismo ruso, los dos imperialismos que, en aquella época, con sus enfrentamientos directos e indirectos, dominaban la escena mundial. Por lo tanto, las luchas de clases y de Estados en el mundo de los pueblos no blancos, para estos grupos, perdían automáticamente la característica de ser un campo vital histórico para la crítica revolucionaria marxista (véase la reunión del partido en Florencia, enero de 1958). Es evidente que el grupo de Schio, al igual que muchos otros grupos, no se preocupó en absoluto por preguntarse por qué en aquellas tesis sobre la cuestión china de 1964 se hacía referencia al área afroasiática, una inmensa zona que ha sido objeto de estudios muy exhaustivos, tanto para Asia y Oriente Medio, como para el mundo árabe extendido por todo el norte de África, y para todos los demás países de África. Para darse cuenta de ello, basta con hojear los números del «il programma comunista», desde 1951 hasta todos los años setenta. Pero cuando uno se ve afectado por una visión obtusa crónica respecto a la dialéctica histórica, no hay manera, no hay salida.
Cabe preguntarse por qué en estas Tesis se sintió la necesidad de sostener que la fase de las revoluciones burguesas y de la constitución de Estados nacionales (hoy, 1964) había concluido en toda la zona afroasiática. A partir de los trabajos posteriores sobre la cuestión nacional y colonial, y sobre los movimientos anticoloniales que tuvieron lugar en África en los años posteriores al final de la Segunda Guerra Imperialista Mundial, resulta evidente que, al afirmar que la época de las revoluciones democráticas burguesas había concluido también para la zona afroasiática, no se pretendía referirse al continente africano en su totalidad, en sentido geográfico (al igual que, por otra parte, no se pretendía referirse al continente asiático en su totalidad, en sentido geográfico, desde el Cercano y Medio Oriente hasta el Lejano Oriente, sino solo a sus países más determinantes), sino únicamente a la parte del norte de África, la llamada «África blanca», que históricamente ha estado mucho más vinculada a los movimientos sociales que afectaban a las naciones del Mediterráneo y del Cercano y Medio Oriente. Todo el mundo árabe —es decir, desde Irak hasta Siria y el Líbano, desde Jordania hasta Palestina, desde Arabia Saudí hasta Kuwait y los Emiratos del Golfo, desde Yemen hasta Omán, y desde Egipto hasta todo el norte de África, que comprende Libia, Túnez, Argelia, Marruecos y el Sáhara Occidental —se vio objetivamente envuelto en los movimientos de estas poblaciones, que tendían a aprovecharse del debilitamiento de las grandes potencias colonialistas que dominaban toda esa zona (Inglaterra y Francia), causado por las consecuencias de la propia guerra mundial y por la derrota de Alemania, a la que muchos jeques y califas se habían vinculado durante la guerra gracias al apoyo del nazismo al nacionalismo árabe, para liberarse del dominio colonial.
En el artículo Teoria e pratica nella questione coloniale (Il programma comunista, n.º 5 de 1958), publicado en el mismo periodo en que se dio a conocer el importante informe de la Reunión de Florencia, celebrada los días 25 y 26 de enero de 1958, titulado Las luchas de clase y de Estados en el mundo de los pueblos no blancos, campo histórico vital para la crítica marxista revolucionaria, se destaca cómo una época histórica toma su nombre del modo de producción dominante, precisando, sin embargo, que «tal dominio no excluye la supervivencia masiva de modos de producción más antiguos » [subrayado en negrita añadido por nosotros] —lo que demuestra la teoría del desarrollo desigual del capitalismo— y afirmando, por tanto, que también para el proletariado existe un período inferior o un período superior de su existencia política, lo que se resume en decir que el proletariado se encuentra ante sí mismo con la revolución nacional (anti feudal o anti colonial) o la revolución socialista, o ambas; y que, como afirmó Lenin en 1914, reiterando a Marx y Engels, si en Europa occidental (o continental) y en América del Norte el período de las revoluciones nacionales y de la constitución de Estados independientes y homogéneos termina en 1871, no así ocurre en Europa del Este y en Asia, donde «el período de las revoluciones democráticas burguesas no comenzó hasta 1905. Las revoluciones en Rusia, Persia, Turquía y China, las guerras de los Balcanes: he aquí la cadena de acontecimientos mundiales de nuestro período en nuestro “Oriente”».
Este artículo, tras criticar las posiciones de los «marxistas de pacotilla» que negaban que el partido debiera incluir en su programa político revolucionario la lucha del proletariado en las revoluciones democráticas -nacionales en todas las zonas de los pueblos no blancos en las que aún no se había resuelto el problema de la constitución del Estado nacional independiente y homogéneo y de la superación de los modos de producción precapitalistas (problema sintetizado en la reivindicación de la autodeterminación de los pueblos), concluye así: «En 1914, es decir, en un momento en que los movimientos nacionales en las colonias aún se encontraban en estado latente, Lenin preveía sin duda el “despertar” de Asia, pero no de África, continente que Lenin consideraba, en 1914, aún fuera del período de las revoluciones nacionales democráticas burguesas». Nuestro partido centrará necesariamente su atención en este continente, ya que su «despertar» se debe a las consecuencias de la Segunda Guerra Imperialista Mundial; si para Asia fue 1914, es decir, coincidiendo con la Primera Guerra Imperialista Mundial, la fecha convencionalmente tomada como referencia para el «despertar» de Asia, para África podemos tomar 1939, es decir, el período coincidente con la Segunda Guerra Imperialista Mundial, como fecha convencionalmente tomada como referencia para el «despertar» de África.
«Todo acontecimiento histórico, aunque se produzca en lugares alejados de los países en los que el ritmo de desarrollo de las fuerzas sociales es más rápido, está condicionado por la evolución de la historia mundial», se lee en la parte final del estudio Peculiarità dell’evoluzione storica cinese (cap. « Retroceso del capitalismo asiático», Il Programma Comunista, n.º 8 de 1958), y dicha evolución de la historia mundial consistió en el desarrollo de la técnica de construcción de flotas navales (desarrollo facilitado por el Mediterráneo, mar interior en el que los distintos pueblos que se asomaban a él, en sus relaciones y en sus conflictos, se veían impulsados a innovar continuamente en los barcos utilizados para invadir otros territorios o para defenderse de los ataques que venían del mar), gracias a cuyo desarrollo las potencias navales «mediterráneas» tendrán que ceder el primacía a las potencias navales atlánticas que, con el descubrimiento de América y la circunnavegación de África, se convertirán en los dominadores de los océanos (primero españoles y portugueses, luego holandeses, ingleses y franceses). El desarrollo del capitalismo en los grandes países de Europa y América alcanzará, como demostró Lenin, su fase monopolista, y luego imperialista; pero dicho desarrollo tenderá a ir en detrimento de un rápido desarrollo del capitalismo en los continentes de Asia y África y, en parte, de América Central y del Sur.
En Europa, las principales potencias capitalistas, impulsadas por el afán de destacar y someter a los demás países a su dominio, no tuvieron ningún reparo en aliarse con las potencias feudales y reaccionarias con tal de impedir que sus competidores prevalecieran y, sobre todo, que sus propias masas proletarias llevaran su lucha de clases a la revolución para la toma del poder (véase la Europa de 1848-50 y, en particular, la Comuna de París de 1871). En el resto del mundo, en Asia y en África, los imperialismos europeos y, posteriormente, el estadounidense, el japonés y el ruso, en sus conflictos por dominar territorios económicos considerados estratégicos desde el punto de vista de la posición geopolítica y de su riqueza en materias primas útiles e indispensables para sus respectivas economías industriales, tenían interés, sí, en desarrollar infraestructuras y estructuras capitalistas para facilitar sus propios intereses nacionales e imperialistas, pero, al mismo tiempo, en mantener unas relaciones económicas, sociales y políticas lo más atrasadas posible para facilitar el control sobre aquellos países y territorios sometidos a su dominio. Con el desarrollo del imperialismo capitalista, el colonialismo de la época de las monarquías absolutas evolucionó hacia un colonialismo más moderno y acorde con la fase imperialista, contra el cual, en diferentes períodos históricos marcados en particular por las guerras mundiales, se levantaron en Asia y África, en distintos momentos, los movimientos anticoloniales y las revoluciones democrático-burguesas de las que siempre se ha ocupado el marxismo.
Si África ha tenido un desarrollo histórico más lento que Europa y Asia, la causa no hay que buscarla en la estúpida teoría racista según la cual existirían razas genéticamente «salvajes» frente a razas genéticamente «civilizadas», sino en la conformación física del gran continente y en el tipo de relaciones que las poblaciones indígenas mantuvieron con los pueblos más civilizados, como los europeos. Con un norte que da al Mediterráneo y, por lo tanto, expuesto a lo largo de los milenios a las invasiones y a las diversas civilizaciones (desde la fenicia hasta la persa, desde la griega hasta la romana y luego la árabe), dividido de África negra, separada del norte por el vasto desierto del Sáhara y sumergida en la enorme selva tropical, a su vez separada de África austral por otros desiertos, con dos océanos, al oeste el Atlántico y al este el , que formaban dos extensiones de agua insuperables —hasta la época moderna— dada la ausencia de archipiélagos e islas como las que, en cambio, existen entre el océano Índico y el Pacífico (lo que ha favorecido las relaciones entre las poblaciones de Asia). No obstante, existieron antiguas civilizaciones en el África negra, que, sin embargo, fueron aisladas y luego destruidas por el colonialismo blanco, sobre todo tras el descubrimiento de América y cuando, en las plantaciones, al necesitar muchísima mano de obra, se trajeron masas de esclavos desde África. La trata de esclavos, por un lado, y la búsqueda de oro, por otro, constituyeron las causas principales del atraso de África: comunidades, aldeas y ciudades fueron devastadas y despobladas por los mercaderes de esclavos y los explotadores de las minas de oro. Estas «dos formas de expoliación colonial —diremos en el artículo Aspetti della rivoluzione africana (Il programma comunista, n.º 13 de 1958)— debían sumir a la África precolonial en una terrible involución»; pero el golpe de gracia a los Estados indígenas supervivientes lo asestó el imperialismo europeo, el cual, para poder explotar al máximo a las poblaciones indígenas y las riquezas del suelo y del subsuelo africanos, no tuvo más remedio que introducir de forma cada vez más estable y amplia el trabajo asalariado, creando así un proletariado que antes no existía. En el artículo citado, se destaca que, en aquella época, «el África negra es hoy una mezcolanza de formas económicas dispares en la que se confunden los residuos del comunismo primitivo agrario (propiedad colectiva de la tierra), de la propiedad patriarcal, de la pequeña propiedad, de la explotación agrícola capitalista y de la industria moderna ligada sobre todo a la extracción de minerales. Este híbrido económico y social (en el ámbito del orden familiar, denunciado por el curioso entrelazamiento de tradiciones matriarcales y patriarcales), propio de las sociedades preburguesas, admite por ahora una única solución: la revolución nacional-democrática».
Es evidente que los estudios en profundidad que el partido realizó sobre Asia y África nunca habrían llevado a concluir que, en el plazo de unos años, la cuestión nacional y colonial ya no se plantearía para África. El ciclo de las revoluciones nacional-democráticas en África concluirá, en general, en 1975 con la caída del colonialismo histórico portugués en Angola y Mozambique; pero, la ausencia de la reanudación de la lucha de clases proletaria en los países de capitalismo maduro, que preveíamos simultáneamente a la crisis mundial del capitalismo estallada en 1975, junto con algunas situaciones en Asia y África que, de todos modos, permanecían sin resolver desde el punto de vista de la formación de Estados independientes y homogéneos (véase, por ejemplo, el Tíbet, Bangladés, Botsuana, Sudáfrica, Namibia, Eritrea, etc.), volvía a plantear el problema de la conexión —como en la perspectiva de la Internacional Comunista de 1920 — entre los movimientos anticoloniales y los movimientos revolucionarios del proletariado, sobre todo europeo. La resistencia de las potencias imperialistas, a pesar de las fuertes sacudidas de las guerras revolucionarias de las colonias y semicolonias, se debe no solo a la corrupción directa de muchos líderes y grupos políticos que dirigían los movimientos independentistas, sino también a la influencia decisiva que el estalinismo y el post postestalinismo tuvieron sobre la formación de los partidos revolucionarios que encabezaban las luchas de los campesinos y de los jóvenes proletarios de esos países.
Un ejemplo. En la época de la revuelta de los monjes del Tíbet de 1959 contra China, en defensa del antiguo régimen y de la antigua estructura económica y social aristocrático-feudal-teocrático-lamaísta, nuestra posición como partido era, al mismo tiempo, contraria a la defensa del régimen lamaísta y a la supervivencia de la estructura feudal del lamaísmo tibetano, contraria a la política colonial de «respeto» del lamaísmo tibetano adoptada por el régimen chino falsamente «comunista», pero a favor de la revolución nacional-democrática en el Tíbet, aunque hubiera sido impuesta por las tropas de Mao Tse-tung en la agresión china al Tíbet en 1950: es decir, si dicha agresión hubiera provocado la destrucción del régimen feudal-lamaísta y la constitución en su lugar de un Estado nacional, aunque fuera dirigido por la burguesía local, a través del cual se hubiera pasado a la liquidación de las formas productivas precapitalistas. ¿Por qué los marxistas debían apoyar un proceso revolucionario de este tipo? Porque «la formación del Estado nacional, en un entorno histórico precapitalista, representa el instrumento insustituible, en ausencia de la revolución proletaria, para derribar las relaciones sociales y políticas anticuadas. Lo que cuenta, en esencia, es precisamente la puesta en marcha de los profundos factores económicos que el colonialismo y el paracolonialismo mantenían inmovilizados» (Il programma comunista, La rivolta del Tibet e il comunismo rivoluzionario, II, n.º 8, mayo de 1959). Es más: «Por tal razón, así como habríamos acogido con satisfacción una revuelta antifeudal de las clases bajas tibetanas, así habríamos apoyado, en la medida de nuestras posibilidades, una guerra revolucionaria de China contra la aristocracia feudal del Tíbet, una guerra de tipo napoleónico que uniera la conquista militar del territorio con el derrocamiento de las viejas estructuras políticas. Ni una ni otra eventualidad se ha producido, y el Tíbet parece encaminado hacia reformas burocráticas destinadas a retrasar, si no a bloquear, la evolución social del país». Nuestra crítica y oposición al régimen nacionalcomunista de Pekín (copia fiel del nacionalcomunismo de Moscú) tenía en aquel momento, y sigue teniéndola, una razón más que válida. Naturalmente, la posición que expresábamos y que expresamos en perfecta coherencia con el marxismo no puede ser compartida por grupos políticos que, aunque se definan como «marxistas», «revolucionarios» o «comunistas», en realidad expresan una de las posturas típicas del oportunismo: el indiferentismo en materia de cuestión nacional y colonial, así como en materia de cuestión sindical.
La ordenación nacional desde el punto de vista político en la gran mayoría de los países del mundo ya no está a la orden del día según los parámetros de las revoluciones nacional-democráticas aún válidos en los treinta años posteriores a la Segunda Guerra Mundial; en muchos países, sobre todo de África y Oriente Medio, pero también en América Latina, la economía capitalista, a pesar de que afectaba sobre todo a la minería, los puertos y las grandes vías de comunicación, había trastocado por completo las relaciones sociales precapitalistas, dejando sin embargo un amplio espacio social y político a los conflictos étnicos y tribales que han seguido causando inestabilidad, golpes de Estado militares y enfrentamientos armados entre milicias organizadas y movilizadas expresamente para favorecer los intereses imperialistas de una potencia frente a los de la potencia rival, pero que a menudo escapaban y escapan al control de quienes las han financiado y armado, creando y multiplicando situaciones de conflictos continuos. Esta nueva situación mundial no presenta una atenuación, y menos aún una solución definitiva de la «cuestión nacional»; aunque ya no existan más que residuos de atrasos económicos y sociales que no inciden en absoluto en las relaciones de fuerza mundiales, sigue siendo un hecho que el avance histórico de la forma imperialista del capitalismo no ha superado ni siquiera atenuado la opresión nacional por parte de las potencias dominantes del mercado mundial; en todo caso, la ha reforzado y extendido. En realidad, precisamente porque forma parte de la ideología burguesa, la nación —y, por tanto, su representación formal en el Estado nacional— es parte integrante del movimiento histórico que llevó a la clase burguesa a imponerse violentamente sobre las antiguas clases aristocráticas y feudales, y es al mismo tiempo la barrera ideológica dentro de la cual toda burguesía nacional justifica y defiende su «misión histórica», su existencia como clase dominante, como clase que explota al proletariado para extraer la plusvalía de su trabajo asalariado, y como clase nacional que lucha contra cualquier otra clase nacional extranjera con el fin de hacer prevalecer sus propios intereses nacionales en el mercado mundial.
La clase proletaria, creada por la burguesía en cada país, en cada nación, por su propia condición de clase asalariada sometida a la explotación por parte de cualquier burguesía, sin importar de qué nacionalidad, es históricamente la clase objetivamente menos vinculada a la nación en la que ha nacido, ya que su condición específica de clase asalariada no le confiere ningún privilegio particular, salvo el de poder ser explotada ante todo por la burguesía del país en el que ha nacido, y luego por cualquier burguesía y en cualquier parte del mundo. La burguesía está vinculada a la nación sobre todo por las relaciones de propiedad privada; su nacionalismo deriva directamente de la propiedad privada que las leyes del Estado nacional reconocen y defienden. La burguesía es propietaria de los medios de producción, incluida la tierra, de los medios de transporte y de distribución, y es propietaria sobre todo de los productos acabados que introduce en el mercado; el proletariado es propietario exclusivamente de su fuerza de trabajo individual, y si durante un tiempo de su vida se convierte en «propietario» de un inmueble, de un pedazo de tierra, de un pozo, de un estanque o de un automóvil, sabe que esta «propiedad» puede desvanecerse en un instante si pierde el trabajo o si no consigue una pensión, y volver a manos del banco o del usurero que le prestó el dinero para comprarla o mantenerla, o a manos del Estado. La burguesía llevó a cabo la primera forma de colonización frente al proletariado, frente a una clase que sustituyó a la antigua clase de esclavos y siervos de la gleba, liberados de la propiedad personal y de los vínculos personales y territoriales para poder someterlos al trabajo asalariado, convirtiéndolos en esclavos asalariados para que su vida dependiera al cien por cien del salario, es decir, del dinero con el que cada proletario es pagado por el patrón si es empleado en un trabajo.
El colonialismo histórico fue sustituido, en el transcurso de treinta años tras el fin de la Segunda Guerra Imperialista Mundial, por el colonialismo capitalista en el verdadero sentido de la palabra: el franco, la libra, el rublo, el dólar, el euro, el yen, el renminbi o yuan chino, etc., han desempeñado y desempeñan la función de un dominio capitalista mucho más capilar y asfixiante que el que ejercían las tropas de las metrópolis acuarteladas en las colonias y semicolonias. «La ocupación de un territorio “subdesarrollado” por parte de una potencia conquistadora —se lee en el citado artículo sobre el Tíbet— que deja intactas las estructuras políticas y sociales existentes y reconoce la legitimidad del gobierno local, no es más que la esencia del colonialismo». Pero el viejo colonialismo no ha hecho más que traspasar esta política al nuevo colonialismo, precisamente el capitalista, basado en inversiones de capital, fondos y préstamos, con los que, en un mercado mundial del que ya dependen todos los Estados del mundo, las principales potencias imperialistas controlan y defienden sus intereses en todos los rincones del mundo. Así es como incluso los países capitalistas avanzados, como por ejemplo los europeos, colonizados durante mucho tiempo, tras el fin de la segunda guerra imperialista, por el dólar estadounidense, se ven obligados a lidiar con otras potencias imperialistas, sobre todo con los Estados Unidos de América, precisamente por la fuerza que el dólar ha adquirido con el tiempo y de la que ninguna otra superpotencia —ya sea la actual China, Rusia o, en el futuro, la nueva Alemania— puede prescindir.
Volviendo a la frase contenida en las Tesis de la que hablamos, hay que decir que habría sido muy útil que esa referencia al área afroasiática se hubiera precisado mejor. Pero, como suele ocurrir, sobre todo cuando se trata de frases de tesis que deben ser necesariamente afirmativas, breves y, en general, generales, se puede dar pie a interpretaciones no deseadas y erróneas; naturalmente, como marxistas, nunca hay que quedarse en la letra formal, sino que hay que comprender el espíritu y el sentido más profundo e histórico de las afirmaciones contenidas en las tesis. ¿De cuántas maneras se puede interpretar la famosa frase de Marx: «la emancipación del proletariado es obra del propio proletariado»? Si se elimina de esta afirmación todo lo que se refiere a la lucha de clases y revolucionaria, a la conquista violenta del poder político, el establecimiento de la dictadura proletaria tras haber derrocado y destrozado el Estado burgués, y el liderazgo del partido comunista revolucionario en todo el proceso revolucionario, y se os servirá en bandeja de plata el reformismo, el nacionalismo, el anarquismo, la socialdemocracia, el pacifismo, el socialchovinismo; en pocas palabras: el sometimiento ideológico y político a la clase dominante burguesa.
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