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Trump-Xi Jinping

(Estados Unidos enfrenta advertencias chinas)

Putin-Xi Jinping

(Hacia un fortalecimiento de las relaciones sino-rusas)

 

 

En este mes de mayo de 2026, China se consagró oficialmente como el centro político mundial. Con apenas una semana de diferencia, la corte del "Emperador Xi Jinping" recibió primero al "Rey Trump" y luego al "Zar Putin".

Trump esperaba reunirse con Xi Jinping con la ventaja de una victoria sobre Irán; creía que podría aplastar a la República Islámica en pocas semanas mediante bombardeos más o menos selectivos y todo tipo de amenazas sobre la desaparición de la civilización persa. Sin embargo, la resistencia militar de Teherán, a pesar de tener que lidiar también contra los opositores internos, sorprendió a Estados Unidos.

Más allá de sus habituales declaraciones grandilocuentes, este multimillonario estadounidense encarna, quiérase o no, una superpotencia económica, financiera, política y militar que, hasta el día de hoy, sigue sin tener parangón en el mundo, aunque en los últimos cuarenta años haya perdido su dominio absoluto. Esto no se debe únicamente al auge de potencias económicas como Alemania y Japón después de la Segunda Guerra Mundial, que la han desafiado industrial y económicamente, sino también a que, ante una Rusia debilitada tras el hundimiento de la URSS entre 1989 y 1991, ha surgido un competidor real y peligroso: China.

En los últimos diez años, China se ha consolidado como la segunda economía más grande del mundo, superando a Alemania, Japón, el Reino Unido, Francia y, por supuesto, Rusia. La “fábrica del mundo” fue en su día Inglaterra, luego Estados Unidos, y hoy es China; y no es solo la “fábrica”, sino también una potencia financiera. De hecho, se ha convertido en un factor decisivo para la supervivencia no solo de diversos imperialismos, sino también del capitalismo mundial. Es el mayor productor industrial, posee las mayores reservas mundiales de 14 recursos minerales esenciales para las principales industrias del mundo, es el principal consumidor de materias primas, cuenta con el segundo ejército más grande del mundo después de Estados Unidos y es uno de los países más avanzados en inteligencia artificial y exploración espacial. Esta es una razón más que válida para que Washington le tema, pero, al mismo tiempo, intente relacionarse con ella en igualdad de condiciones.

Lo cierto es que el viaje de Trump a Pekín, acompañado por una delegación de altos representantes de los gigantes de las finanzas, la tecnología, la industria aeroespacial, la agroindustria y la biogenética, no se tradujo de inmediato en contratos lucrativos entre empresas chinas y estadounidenses (Apple, BlackRock, Meta, Boeing, Visa, Blackstone, Goldman Sachs, Mastercard, Illumina, GE Aerospace, Coherent, Cargill, Tesla, Nvidia). Podría existir un acuerdo específico en el sector agroindustrial sobre soja y carne, pero aún no se ha anunciado nada oficialmente. Por supuesto, Trump y Xi Jinping hablaron sobre aranceles, tierras raras y la guerra contra Irán: en cuanto a los aranceles, se lograron algunos avances (Estados Unidos los reducirá del 57% al 47%). Respecto a las tierras raras, en cuya refinación China es líder mundial, permitirá su exportación sin restricciones durante un año, con una revisión anual del acuerdo. En el sector de los semiconductores, Estados Unidos continúa bloqueando las exportaciones a China, con la excepción de ciertos productos relacionados con chips de inteligencia artificial. Pero en el tema de Taiwan, fue China quien advirtió a Trump que no cruzara la “línea roja”, enfatizando que es mejor ser socios que rivales. Trump, incapaz de alardear ser el más fuerte – como suele hacer con jefes de Estado más débiles (Ucrania, Irán, Venezuela, Cuba, etc.) –, no abordó el tema. Por ahora, simplemente ha suspendido las entregas de armas a Taiwan en virtud de un acuerdo que estipula un suministro de 14 mil millones de dólares por parte de Estados Unidos. Xi Jinping le recordó que China y Estados Unidos se encuentran en un punto de inflexión: la escalada de tensiones globales podría conducir a un futuro enfrentamiento entre las dos superpotencias, y en este sentido, se refirió a la “Trampa de Tucídides”. Xi Jinping conoce la historia antigua, pero no es seguro que Trump la conozca, razón por la cual un asesor de la Casa Blanca tuvo que explicarle que esta referencia – a la guerra entre Atenas y Esparta durante la famosa Guerra del Peloponeso – equivale a una amenaza velada: es la potencia emergente (Esparta, es decir, China) atacada por la potencia dominante (Atenas, es decir, Estados Unidos) la que finalmente sale victoriosa.

Como de costumbre, Trump magnificó esta reunión, presentándola como un evento histórico, como si de verdad debiéramos esperar un punto de inflexión global no solo en las relaciones sino-americanas, sino también entre todos los demás países, empezando por Europa, por supuesto; como si, gracias al acuerdo entre las dos superpotencias, los pueblos del mundo pudieran abrigar la esperanza de un futuro de paz. Pero el futuro que se vislumbra es, en realidad, uno de guerra imperialista mundial, como presagian todos los conflictos que se han ido acumulando durante años.

Hoy, según información que data de hace aproximadamente un año (1), no menos de 56 conflictos armados de diversa intensidad y alcance se desarrollan en todo el mundo, involucrando, directa o indirectamente, a más de 92 países, desde Palestina hasta Ucrania, desde México hasta Myanmar, desde Pakistán hasta la India, desde Sudán hasta el Sahel, el Cuerno de África y el Líbano, desde Yemen hasta Irán, desde Tailandia hasta la República Democrática del Congo y Kosovo, sin mencionar las guerras paralelas libradas por los cárteles de la droga en Colombia, Haití, Venezuela y México. Ninguna potencia imperialista, ni siquiera los poderosos Estados Unidos, es capaz de controlar el curso de todos estos conflictos. La mayoría de las veces, aunque no sean instigados directamente por países imperialistas, ya sea oficialmente (en raras ocasiones) o de forma encubierta (la mayoría de las veces), estos países, si bien sufren en parte las consecuencias, sin duda buscan beneficiarse de ellos. Donde hay guerra, hay negocios: enormes ganancias, competidores que reducir o aniquilar y territorios económicos que conquistar. El globo terrestre es cada vez más pequeño ante la codicia imperialista; por eso, el creciente número de competidores que luchan por una parte de un mercado de bienes y capital cada vez más saturado, aumenta los factores que empujan al conflicto armado. Lo que las principales potencias imperialistas siguen sin abordar es el conflicto entre ellas. Siguen buscando soluciones más o menos provisionales para posponer la confrontación que, en última instancia, decidirá una nueva división del mercado mundial: este es el objetivo de toda guerra capitalista, con mayor razón en la fase imperialista del desarrollo capitalista.

En la situación mundial surgida en los últimos veinticinco años (desde los atentados del 11 de septiembre de 2001), los países imperialistas han aprovechado cualquier oportunidad para un conflicto armado parcial o regional, con el fin de poner a prueba su propia fuerza y la de los demás países involucrados. Los países más desarrollados han implementado una serie interminable de innovaciones técnicas y tecnológicas para modernizar al máximo sus instalaciones industriales y de armamentos, al tiempo que acumulaban importantes reservas de materias primas (y en este sentido, China ha demostrado estar tan preparada como Estados Unidos). Mientras tanto, la importancia de controlar las reservas vitales de fuentes de energía y minerales se ha hecho cada vez más evidente, ya que resultan indispensables (como las tierras raras) para la tecnología más avanzada. Así, la guerra por el control de las reservas de petróleo y gas, las minas y las rutas de comunicación marítimas y terrestres, así como por el control del espacio, se ha convertido en la guerra más importante de este siglo.

No se trata simplemente de arrebatar tierras y mares a los adversarios, sino también de impedirles transportar, sin demasiada dificultad, de un extremo a otro del mundo, los miles de millones de toneladas de materias primas esenciales para la vida de la economía real – industrial y agrícola –, la única que permite la plena explotación del trabajo asalariado en todos los países y la extracción de esa invaluable plusvalía que constituye la base indispensable del beneficio capitalista.

Todas las grandilocuentes declaraciones a favor de la paz, que ya no se basan en que los rivales renuncien a una parte del poder y las ganancias para aliviar las tensiones y encontrar soluciones equilibradas (como siempre desearon los papas de Roma), sino en amenazas de guerra y en guerras locales y regionales alimentadas por toda burguesía, no son más que palabras vacías. Ni siquiera quienes las propagan creen en ellas, y para las que afirman contar con el apoyo del pueblo, y especialmente del proletariado.

Así pues, la retórica de Moscú sobre la guerra contra el nazismo, en la que fueron masacrados 25 millones de soldados, llena las bocas de quienes deciden de la vida y la muerte no solo de su propio pueblo, sino también las de otros, como ayer en el Cáucaso, hoy en Ucrania, ¿y mañana dónde? Una retórica que va de la mano con... la de Washington, quien ha pronunciado innumerables discursos sobre democracia, la lucha contra la tiranía, la erradicación de la pobreza y un bienestar al alcance de todos… se enfrentó a la realidad de guerras que estallaban constantemente en cada rincón del mundo donde creía que los intereses estadounidenses estaban amenazados, cuando en realidad, los intereses en juego eran, son y siempre serán, independientemente de las circunstancias, los de los gigantes industriales y empresariales que manipulan los piones políticos de cada gobierno que ocupa la Casablanca.

Mientras Trump, a pesar de su habitual fanfarronería, regresó a Washington con unas alforjas medio vacías, pero con la confirmación de que el imperialismo chino no se dejará intimidar, el más pragmático Putin, también convocado a la corte de Xi Jinping para verificar que las relaciones “amistosas” forjadas en los últimos años tienen un futuro favorable para ambas partes, pero especialmente para China, solo puede agradecer a Xi Jinping por haberlo apoyado mediante la compra de petróleo, gas y todo el resto durante los años de profunda crisis en los que fue objeto de sanciones occidentales y la drástica caída de sus ventas de materias primas a Europa.

La guerra en Ucrania, contra la tendencia de ese país a acercarse a Europa Occidental y Estados Unidos, fue consecuencia de los acontecimientos posteriores al hundimiento de la URSS y sus dominios en Europa del Este; es decir, el repentino debilitamiento de Moscú, no solo en relación con Europa y Estados Unidos, sino también con China, cuyo poder imperialista crecía prácticamente sin obstáculos. Tanto es así que Pekín, en el lapso de unos veinte años, se convirtió en el verdadero interlocutor del imperialismo estadounidense en asuntos relativos a las relaciones económicas y políticas mundiales. La supuesta amistad entre Trump y Putin es una amistad de duración limitada, especialmente si China y Rusia consideran que formar un bloque contra Estados Unidos, Europa, India y Japón les resulta favorable de forma duradera. De hecho, según informes de prensa sobre la reciente reunión entre Xi Jinping y Putin, se observa un fortalecimiento de los lazos entre ambas potencias, con el objetivo de redefinir las relaciones internacionales entre las principales potencias imperialistas, no solo occidentales sino también orientales, dada la creciente influencia de la India en sus relaciones con Estados Unidos y Europa, así como la importancia de la alianza entre Estados Unidos, Japón y Australia (2) en la vasta región del Indo-Pacífico.

Junto con la Rusia de Putin, la China de Xi Jinping también está fortaleciendo el sector energético, que se está consolidando como el verdadero pilar de las relaciones entre Moscú y Pekín. De hecho, aunque aún faltan por concretar los costos y los términos contractuales, la fase de preparación del acuerdo para el proyecto del gasoducto Power of Siberia 2, está próxima a su fin, lo que permitirá aumentar el suministro de gas a Pekín. Siempre ha sido evidente que Rusia necesita a China para su economía, mientras que Pekín busca asegurar un suministro energético estable a precios razonables, lo que le permitirá extender y profundizar su influencia no solo en Asia, sino también en Europa. A diferencia de Estados Unidos, que hasta ahora solo ha conseguido acuerdos económicos en el sector agro alimentario, Putin regresa a Moscú con una veintena de acuerdos firmados con Pekín; esto constituye una nueva señal de Pekín a Washington: cuanto más se oponga Occidente a los intereses rusos en Europa, más se fortalecerá la relación ruso-china.

 


 

(1)Véasehttps://www.geopop.it/panoramica-dei-56-conflitti-in-corso-nel-monmdo-e-davvero-la-terza-guerra-mondiale-a-pezzi

(2)Desde 2019, el llamado tratado "Aukus", con implicaciones tanto militares como económicas, vincula a Australia y Gran Bretaña con Estados Unidos para contrarrestar el expansionismo chino en la región. Es evidente que Pekín considera esto una amenaza para lo que denomina “estabilidad regional”...

 

21 de mayo de 2026

 

 

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