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Prises de position - Prese di posizione - Toma de posición - Statements                


 

8 de marzo de 2019, día de la mujer proletaria

No hay término medio:

o “Huelga” feminista y colaboración entre clases

o Lucha proletaria contra la sociedad burguesa

 

 

El próximo 8 de marzo, tal y como sucedió el año pasado, diferentes organizaciones políticas, sindicales y sociales han convocado una “huelga” feminista a la que están llamadas todas las mujeres del país, desde la propietaria del Banco Santander (¡o la reina!) hasta la última trabajadora de la limpieza o del servicio doméstico. Ciertamente, diversas organizaciones sindicales (como CGT y CNT en general, o CCOO y UGT en sectores concretos como la enseñanza pública) han llamado a trabajadoras y trabajadores a seguir la huelga. Pero la parte principal del movimiento feminista -cuyo origen es conocido- tiene bien claro, y así lo subraya siempre que puede, que esto es una lucha “de todas las mujeres”.

En 2018 ya se pudo ver a trabajadoras y patronas, proletarias y burguesas, marchar juntas en una especie de happening ultra democrático del que, pese al nombre de “huelga”, la economía nacional salió indemne. Mientras, la prensa burguesa cantaba las loas al nuevo civismo que un evento de este tipo significa. Después del 15M y su “movilización asamblearia” pacífica y pacifista, el movimiento feminista toma el relevo en la misma y vieja mixtificación, quitando todo sentido de clase a la convocatoria de huelga, mediante una movilización masiva sí, pero pacífica y ultrademocrática. Bien lejos está esto de un movimiento que realmente subvierta las condiciones existentes.

El envite está lanzado: el 8 de marzo las mujeres proletarias están llamadas a dejar de lado los intereses que les diferencian y les oponen a las mujeres burguesas, a olvidar la explotación cotidiana que sufren de sus manos… para marchar en una especie de frente único femenino e interclasista que se oponga a una situación de la cual una parte de las participantes en la protesta se benefician directamente. El 8 de marzo, por lo tanto, más allá de los sueños revolucionarios de las “feministas de clase”, veremos a todas las corrientes políticas que representan a la burguesía y a la pequeña burguesía, levantar la bandera del feminismo para atraer a su lado a la mano de obra femenina, lo que le reporta beneficios en el puesto de trabajo y masa que movilizar en la calle. Más aún ahora, a la vista de las elecciones generales, municipales, autonómicas e incluso europeas, cuando hay mucho que pescar en el río revuelto del electoralismo.

 

¡Proletarios, proletarias!

 

En la sociedad burguesa, en el mundo capitalista, la mujer ocupa hoy, y mientras esta sociedad perdure seguirá ocupando, un lugar doblemente terrible. Mientras que el hombre proletario es explotado en el puesto de trabajo para extraer de su fuerza de trabajo la plusvalía que mantiene vivo el engranaje del beneficio, la mujer proletaria padece una situación similar o peor, agravada por el hecho de que sus condiciones laborales son en muchas ocasiones peores, con trabajos parciales que le fuerzan a no pasar del nivel de subsistencia porque debe ocuparse también del trabajo doméstico y con una regulación legal completamente precaria. Mientras que el hombre proletario padece la violencia cotidiana de la sociedad capitalista en forma de accidentes laborales, “tragedias” diarias como los accidentes de circulación, enfermedades derivadas de la insalubridad de las ciudades, etc. la mujer proletaria suma a todo ello una violencia dirigida específicamente hacia ella por el hecho de ser mujer y que se levanta sobre la odiosa herencia del machismo social y legal. Finalmente, mientras que el hombre proletario está siempre en riesgo de ser arrojado al basurero cuando su trabajo no sea necesario para los capitalistas, cuando una nueva crisis económica vuelva sobrante la mano de obra disponible en el mercado, para la mujer proletaria está situación es doblemente trágica en la medida en que sobre ella pesa casi siempre la responsabilidad última del cuidado familiar, de los hijos y de los parientes no aptos para el trabajo. Y así un largo etcétera que vuelve intolerable la posición de la mujer proletaria en el moderno, civilizado y democrático mundo capitalista.

Pero esta situación no tiene sus raíces en ningún tipo de naturaleza intrínsecamente perversa de los hombres, para la inmensa mayoría de los cuales, proletarios, la presión social ejercida sobre las mujeres proletarias no reporta ningún beneficio ni logran con ella salir de la vida de miseria que la clase burguesa les depara. Como tampoco las tiene en ningún tipo de “estructura” social situada más allá de las clases sociales como el llamado “patriarcado”, un término queridísimo para la burguesía y sus portavoces intelectuales, con el que escamotean la realidad social: un modo de producción, el capitalista, que se basa en la extorsión de la plusvalía a la clase proletaria en su conjunto, y  una sociedad, la burguesa, dividida en clases y sustentada en la violencia cotidiana contra la mayor parte de la población. Esta sociedad y este modo de producción son los verdaderos responsables de la situación que sufre la mujer y, sobre todo, la mujer proletaria.

Por supuesto que son mayoritariamente los hombres quienes ejercen directamente violencia contra las mujeres: la mayor parte de la patronal son hombres, como lo son la mayor parte de quienes asesinan a las mujeres dentro de la familia o quienes abusan de ellas en cualquier situación. Pero igual que la explotación laboral no existiría sin las condiciones sociales que la permiten, y sobre la cual se levantan sacando de ella el máximo provecho, la violencia que emana precisamente de estas condiciones sociales no existiría en caso de no existir estas.

Por supuesto que la opresión sobre las mujeres ha existido antes que el capitalismo hiciese su aparición en la historia, pero bajo el sistema capitalista esta opresión se ha redoblado. Es este sistema su último garante: es en el capitalismo donde la mujer proletaria ocupa la parte más débil dentro de la clase social más débil y la situación que sufre debido a ello es responsabilidad única y exclusiva de una sociedad que sólo puede mantenerse en pie condenando a estratos cada vez mayores de la población a subsistir como esclavos que sufren todas las violencias existentes.

La burguesía, en aquella época en la que prometía derribar todas las opresiones, cuando enarbolaba la bandera de la libertad y la igualdad contra las clases dominantes feudales, prometió también liberar a la mujer de siglos de cadenas y subordinación al hombre. Hoy, en su fase senil y decadente, la burguesía no sólo ha heredado esta opresión, sino que la ha hecho parte consustancial de su sistema de gobierno social dejando únicamente la esperanza (que para los comunistas revolucionarios es una certeza) de que ambas desaparecerán juntas de la historia.

 

¡Proletarios, proletarias!

 

La “huelga” del 8 de marzo, lejos de combatir realmente la situación de la mujer en la sociedad capitalista, lejos de evidenciar que es un sistema basado en la explotación de la inmensa mayoría de la población el que genera esta situación (y que, por lo tanto, sólo la lucha de la clase proletaria, compuesta por hombres y mujeres unidos por su situación social y no por ningún otro criterio, podrá liquidar la opresión femenina), llama a la unión... entre mujeres de toda clase social. Llama a la solidaridad entre burguesas y proletarias en razón de su sexo, llama a hacer un paréntesis en la oposición cotidiana e irreconciliable que existe entre obreras y empresarias… para pedir al Estado burgués que solucione (¿quién sabe cómo?) la “situación de la mujer”, en la cual entran por igual los problemas de la alta ejecutiva que no puede progresar en su carrera laboral (basada en la explotación del trabajo asalariado proletario) y los de la empleada de la limpieza que recorre cada día media ciudad buscando portales que limpiar y con los que asegurar la comida de sus hijos.

La “huelga” del 8 de marzo tiene una función principal: movilizar a las proletarias detrás de la burguesía y de la pequeña burguesía para mantenerlas alejadas del terreno de la lucha de clase.  Después de una larga crisis económica que ha empobrecido los hogares proletarios, que ha echado a un lado del camino a cientos de miles de hombres y mujeres que sólo pueden aspirar a subsistir sin que su trabajo valga prácticamente nada en ningún sitio, la burguesía necesita movilizar continuamente al proletariado detrás de la bandera democrática de la colaboración entre clases, el respeto y la confianza en la legalidad, la fe en que sólo el Estado burgués puede solucionar los problemas particulares y generales que son cada vez más acuciantes. Aquí es donde entra el feminismo, una ideología reaccionaria que justifica la solidaridad entre las clases, que llama a los proletarios y a las proletarias a no pensar siquiera en levantar sus armas de clase históricas y a esperar sentados (o paseando) que el maná de la justicia social les caiga del cielo.

 

¡Proletarios, proletarias!

 

Movilizaciones democráticas e interclasistas como las del 8 de marzo forman parte del bagaje que la burguesía ha ido obteniendo a lo largo de su experiencia histórica de dominio sobre el proletariado. Doctrinas como el feminismo son armas que, de igual manera, ha ido perfilando para desarmar teóricamente a la clase proletaria.

Pero a esta experiencia acumulada por la burguesía, la clase proletaria debe oponer las lecciones que ella misma puede extraer de su historia: únicamente por la vía de la lucha de clase, es decir, del enfrentamiento directo con la burguesía en defensa de sus condiciones de vida y de trabajo, la clase proletaria puede poner coto a los desmanes burgueses. Y sólo apuntando al corazón de la propia burguesía, sólo afrontando la necesidad de la lucha revolucionaria para acabar definitivamente con el mundo capitalista, se puede extirpar la raíz de estos desmanes.

La historia de la clase proletaria es rica en ejemplos de lucha en los que las mujeres han tenido el papel protagonista: mientras que las mujeres burguesas, colocadas ante el dilema de luchar por sus intereses o mantener la paz social, siempre han acabado por recular, las mujeres proletarias han dado una y otra vez su vida por defender los intereses de su clase social. Es por ello que los comunistas revolucionarios podemos afirmar una y otra vez que únicamente la lucha de clase del proletariado ha hecho bandera de la emancipación social de la mujer.

Hoy la clase proletaria se encuentra en lo más hondo de la depresión de su ciclo de lucha. Las movilizaciones del tipo 8 de marzo próximo, las ideologías abiertamente burguesas como el feminismo, la colaboración democrática entre clases… si bien muestran que la burguesía cada vez pone más esfuerzo en poner en circulación fuerzas de presión contra la clase proletaria, también enseñan que ésta aún no dispone de las fuerzas necesarias para sacudirse el letargo de décadas que pesa sobre ella. Pero, de la misma manera que todo el esfuerzo que pone la burguesía en evitar el caos social que su dominio sobre la sociedad ha traído no vale de nada y, una y otra vez, fuertes convulsiones sociales recorren el subsuelo, todo su trabajo, encaminado a reforzar las cadenas con las que ata política e ideológicamente a los proletarios, tampoco servirá eternamente. En un mañana que quizá aún esté lejos pero que, sin duda, llegará, experiencias como las de las “huelgas” feministas, marcarán al proletariado el camino que no hay que seguir y, entonces, el problema de la mujer en la sociedad capitalista, como tantos otros, serán puestos sobre los justos términos de la lucha de clase.

 

¡Proletarios, proletarias!

 

¡Jamás habrá igualdad entre hombres y mujeres sin acabar con el capitalismo!

¡Jamás habrá solución para los problemas que sufren las mujeres sin la desaparición del capitalismo!

 

¡Por la lucha de clase del proletariado de ambos sexos!

¡Por la defensa intransigente de sus condiciones de existencia y de lucha!

¡Por la reconstitución del Partido Comunista!

 

 

Partido Comunista Internacional (El Proletario)

4 de Marzo de 2018

www.pcint.org

 

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