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España

Un año más, los incendios devastan parte del territorio.

No se trata de una “catástrofe ecológica” sino de la consecuencia de un sistema criminal.

 

 

Desde comienzos de este verano la prensa, la radio y la televisión dan noticia a diario de unos incendios que se extienden como una especie de plaga bíblica por todo el territorio. A comienzos de este mes de julio, en los Gallardos (Almería) morían 13 personas que no pudieron ser evacuadas por las vías previstas ante el incendio que se acercaba. Pocos días después, el fuego se declaró en Guadalajara, esta vez sin víctimas mortales, y llegó hasta la provincia de Soria, devastando a su paso parte del parque natural de La Mierla. Estos últimos días ha sido en Madrid y Ávila donde un incendio ha arrasado 50.000 hectáreas y ha obligado a evacuar a cien mil personas de varios pueblos de la zona. Ahora es en Cataluña y Valencia donde la prensa informa, de nuevo, de un elevado riesgo de situaciones similares… Todo esto no son ni casualidades ni tragedias inevitables. Es la consecuencia directa de la gestión de un sistema criminal.

Cada año la superficie arrasada por los incendios crece más y más y con ello las víctimas humanas y los daños materiales, en forma de pueblos arrasados, grandes extensiones agrícolas quemadas… a lo que se suma el daño ecológico que suponen y de cómo afectan a los ecosistemas de las zonas afectadas. Una parte de la prensa, de las instituciones y de los representantes políticos, buscan las causas en terribles casualidades, imprudencias humanas, malos usos de recursos, etc. Otra, que se cubre con un barniz mucho más “izquierdista” y toma un tono que quiere pasar por “anti capitalista”, cifra el origen de todos los males en el “cambio climático”, entendiendo por tal un fenómeno inesperado y de naturaleza vagamente “humana” que exigiría del esfuerzo de cada ciudadano, más allá de cualquier división entre clases sociales, para hacerle frente.  Pero la realidad es que estos terribles incendios y la continua pérdida de vidas tienen un origen mucho más claro y definido que la simple casualidad o el indeterminado “cambio climático”: el campo se quema porque el capitalismo prepara las condiciones para ello y, aunque la mecha pueda prender de una u otra manera, el combustible siempre lo proporciona un sistema irracional en el cual la vida humana y la naturaleza se inmolan regularmente al dios de la rentabilidad económica.

Los incendios ni se originan ni se desarrollan por causas genéricamente “humanas”, ni mucho menos por una fatalidad natural que se repita año tras año. Los incendios tienen lugar porque el desarrollo del mundo capitalista no atiende a una lógica basada en las necesidades humanas y en las exigencias que dicta la naturaleza para una vida armónica en ella, sino a una lógica capitalista que ve, tanto en la vida humana como en la naturaleza, recursos de los que extraer el mayor beneficio posible; recursos que son abandonados sin ningún tipo de reparo y sin tener en cuenta las consecuencias que esto pueda tener cuando ya no son rentables. Los fuegos de estas últimas semanas han sido un buen ejemplo de esta lógica criminal:

 

- En primer lugar, el más mortal, el de Almería, que fue un incendio relativamente normal en esta región del país, donde la sequedad extrema del verano, sumada a una vegetación de fácil combustión, genera fuegos que comienzan súbitamente, se extienden a gran velocidad y se agotan pronto. Todos los años se repiten y no deberían tener consecuencias tan graves como las que hemos visto: 13 muertos, esta vez. Pero la explotación del suelo almeriense ha cambiado sustancialmente en los últimos años. Donde antes sólo había esparteras, retamas y algunos cultivos residuales, últimamente ha llegado el turismo intensivo, para el que se habilitan casas, pedanías e incluso pueblos enteros. Las muertes provocadas por el fuego fueron, principalmente, de turistas que no conocían las vías de salida, que se perdieron por las grandes extensiones de ramblas y secarrales o que fueron atrapados en ellas por el fuego, que les ahogó primero y que luego los carbonizó. Los servicios de emergencia podían prever un desalojo o un rescate de los habitantes de la zona que conocían el terreno y que sabían, más o menos, comportarse ante un fenómeno que no les era desconocido. Pero poco podían hacer ante el caos que implica una población flotante como la que trae el turismo y que, en situaciones como ésta, resume la irracionalidad del negocio capitalista, que utiliza cada palmo de terreno para aumentar su beneficio, incluso cuando el riesgo potencial era tan elevado como en este caso.

 

- En segundo lugar, dos casos que se entienden mejor juntos, Guadalajara y Madrid-Ávila. En el primero, el despoblamiento de una región en la que no existe industria, donde la explotación agraria apenas produce beneficios porque se encuentra en franca desventaja respecto a otras regiones dedicadas a cultivos más rentables, ha permitido que el fuego se extienda por zonas que han sido abandonadas y en las que no se realiza ningún trabajo de conservación. En el segundo, el exceso de población como consecuencia de la edificación de miles de viviendas destinadas a segunda residencia de habitantes de Madrid o, de nuevo, a explotación turística, ha generado una especie de “pueblos-bosque”, como los llama incluso la prensa, muy atractivos por su ubicación en pleno sistema central, pero que conllevan, también, un abandono absoluto de las tareas de mantenimiento de esos bosques que finalmente han ardido y que ha provocado que los pueblos sean pasto de las llamas.

 

En el mundo capitalista el campo, el bosque, el entorno natural en general, no es ya una naturaleza virgen y, de alguna manera, colocada a las afueras de la actividad económica normal. Es un recurso que el capitalismo explota, bien directamente, valiéndose de la agricultura, de la construcción inmobiliaria, de la explotación turística, etc., o bien indirectamente, desplazando los elementos que necesita (fuerza de trabajo, principalmente) a las grandes metrópolis que los requieren, y abandonando el resto a la suerte de un despoblamiento que es totalmente artificial en la historia de las sociedades sedentarias. De esta manera, el medio natural es presa de la misma dialéctica destructiva y criminal que condiciona la vida humana. Dedicado únicamente a la producción de valor, oscila continuamente entre la sobre producción y el subempleo.

En zonas como la de Ávila-Madrid que han ardido recientemente, el alto valor del suelo dada su ubicación en las cercanías de la capital, etc., y la rentabilidad consecuente del negocio inmobiliario, aumenta la densidad de población, los pueblos crecen en extensión a límites antes insospechados, etc. Y, a la vez, se abandonan las tareas de protección y prevención que, de actividad económica normal en pueblos dedicados a la agricultura y la ganadería, pasan a ser un gasto en el presupuesto municipal de los nuevos pueblos de servicios, para cuyos ayuntamientos no tienen sentido. En zonas como Guadalajara, donde la población ha huido de un campo en el que no había futuro, el abandono de las labores de prevención ha venido por el lado contrario. Las actividades económicas han desaparecido como consecuencia de la disminución de la población y no de su aumento, pero las consecuencias han sido las mismas.

El capitalismo, que ha levantado mega urbes en desiertos, que envía naves al espacio exterior al sistema solar, que ha elevado la capacidad destructiva de la industria militar a límites insospechados… todavía no ha encontrado la manera de solucionar algo tan común y recurrente como los incendios. Toda la capacidad tecnológica de un sistema capaz de unificar el mundo y convertirlo en un gran mercado común, no ha hallado la manera de evitar que el fuego se propague por los bosques. Es más, ha convertido lo que fue un peligro menor -algo que incluso ha estado controlado, incluso por sociedades mucho menos desarrolladas en términos técnicos y económicos que la actual- en un peligro de terribles consecuencias, que amenaza cada año la vida de centenares de miles de personas, que destruye bienes y equipos de incalculable valor…

La naturaleza, puesta al servicio de la producción de mercancías, se ha vuelto un lugar inhóspito y sumamente peligroso para la vida humana. Los bosques poblados de lugares turísticos, son trampas mortales que acrecientan el riesgo de morir en unas vacaciones que la publicidad prometía idílicas. Y todo esto es consecuencia de un mundo criminal en el que la vida humana y la naturaleza están puestas por debajo, en la escala del valor, de la producción; donde la apropiación de la riqueza social por parte de la burguesía obliga a explotar al extremo cualquier recurso en el que quede un resquicio de rentabilidad.

Por eso, para la naturaleza tanto como para el ser humano, la única salida posible, la única vía racional que queda, si se quiere superar este sistema de muerte y destrucción, es el comunismo. La destrucción de la sociedad basada en la explotación del trabajo asalariado, de la apropiación por parte de la burguesía de la riqueza que produce el trabajo humano. Y, con ello, de la puesta en marcha de un modo de producción que ya no esté basado en la obtención de beneficio, de la acumulación de valor humano enajenado, sino en la satisfacción de las necesidades humanas.

 

26 de julio de 2026

 

 

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